Javier Milei no inauguró una costumbre argentina: la de opinar con exceso sobre la política interna de Brasil. Antes ya lo había hecho Juan Perón, con menos grosería, pero con la misma voluntad de influir

En la previa de las elecciones brasileñas de 1950, Perón apuntó contra el gobierno de Río y respaldó sin rodeos a Getulio Vargas. No quedó solo en discursos: desde la Argentina también circularon dinero y propaganda

La tensión subió de tono y golpeó al Senado brasileño. Dos años más tarde, el patrón se repitió en Chile, esta vez en apoyo al general Ibáñez, con una operación de difusión que terminó en escándalo cuando los carabineros la frenaron en la frontera

Luego, el peronismo también extendió su influencia hacia Paraguay, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela

El reflejo que se repite

La distancia temporal no borra la similitud de fondo. Perón y Milei comparten una obsesión distinta en la forma, pero parecida en el fondo: la idea de una Argentina llamada a liderar, a marcar rumbo y a condensar popularidad en clave nacionalista

Ese impulso no es pacífico ni cooperativo. Cuando el nacionalismo se vuelve doctrina de poder, tiende a chocar con otros nacionalismos, aunque se presenten con signos ideológicos opuestos. De ahí que Milei pueda parecer el reverso de Perón y, aun así, moverse en una lógica parecida: la del liderazgo redentor, la cruzada moral y el rechazo a la convivencia política amplia

Globalismo de mercado, nacionalismo político

La confusión sobre Milei suele apoyarse en una lectura demasiado económica: si defiende el mercado, entonces sería globalista. Pero globalismo no es solo apertura comercial; también supone una disposición cultural cosmopolita, algo que el presidente argentino no muestra

Su alineamiento con Donald Trump y con otros referentes del nacionalismo internacional desarma la imagen de un dirigente ajeno a esa familia política. En ese universo conviven proteccionismo, culto a la autoridad, jerarquías sociales rígidas y hostilidad hacia el pluralismo. No hace falta cerrar la economía para ser nacionalista; basta con concebir la política como una identidad excluyente

La sobreactuación tiene costo

El problema aparece cuando un país sin peso equivalente actúa como si lo tuviera. La sobreactuación externa desgasta reputación, expone al ridículo y puede terminar en represalias. No alcanza con levantar la voz para parecer una potencia

Brasil sigue siendo una potencia real. Agredir a Lula no mejora la posición argentina ni altera el tablero regional. Tampoco parece sensato imaginar que una futura administración brasileña abandone su tradicional multilateralismo para acomodarse a un gesto argentino de ocasión

La lección histórica es clara: las coaliciones ideológicas rara vez sostienen por sí solas una estrategia internacional. Los gobiernos cambian, los Estados permanecen y los intereses terminan pesando más que las afinidades retóricas

La excepción que ilustra otra Argentina

Frente a ese ruido, aparece otra imagen del país. La de quienes siguen apostando por el internacionalismo democrático, el humanitarismo universalista y un orden global regido por reglas

Ese contraste resume dos modos de entender la Argentina: una que se entrega al gesto grandilocuente y otra que busca influencia con responsabilidad. La primera hace mucho ruido; la segunda, quizá, construye algo durable