La vieja idea de acomodar la vela según sople el viento sirve para entender el giro político que ensaya Javier Milei. Tras meses de estancamiento económico, el Gobierno encontró en Malvinas una causa capaz de cambiar el clima, incomodar a la oposición y exhibir una imagen de unidad
No se trata solo de una apelación patriótica. También es una jugada defensiva de un presidente acorralado, que intenta desplazar el foco desde la economía hacia una bandera difícil de rechazar
Una causa noble para cambiar la agenda
El movimiento tiene una ventaja evidente: permite instalar un tema con fuerte respaldo social y, al mismo tiempo, tapar tensiones políticas acumuladas. Pero esa maniobra convive con una contradicción central: el mismo gobierno que ahora se muestra sensibilizado con la soberanía fue durante casi tres años hostil a muchas de las herramientas que esa agenda requiere
Reclamar unidad nacional choca con una práctica libertaria basada en la confrontación permanente. Y defender una causa de raíz estatal exige, al menos en parte, más Estado, más presencia territorial y más recursos públicos
Las cuentas que no cierran
La nueva épica también entra en conflicto con decisiones recientes. El ajuste sobre salarios públicos golpeó a sectores clave como policías, médicos, enfermeros, militares y gendarmes, todos decisivos para la vigilancia y la soberanía en fronteras y enclaves estratégicos
En esa misma línea, resulta difícil sostener una narrativa nacional al mismo tiempo que se mantiene una relación áspera y personal con Brasil, socio comercial central y pieza importante para cualquier respaldo diplomático regional
Algo similar ocurre con proyectos y leyes vinculados a la defensa y al Atlántico Sur: varios estaban en marcha y fueron frenados, postergados o sacrificados en nombre del equilibrio fiscal
Entre la épica y la estigmatización
Detrás del giro asoman también dos influencias: el trumpismo, con su política exterior volátil, y una nueva doctrina de seguridad que endurece el lenguaje contra cualquier disidencia. En ese marco, la palabra “patriota” empieza a funcionar como frontera moral, y quien objete puede quedar del otro lado
El problema es que esa cruzada mezcla solemnidad con exageración y termina rozando la parodia. Mientras el Gobierno habla de primavera, buena parte de la sociedad atraviesa un clima de preocupación, incertidumbre y desencanto. El bolsillo, más que los discursos, sigue marcando el pulso del ánimo social
Por eso el patriotismo de ocasión puede servir para ganar tiempo, pero no resuelve la fragilidad de fondo. Entre la bandera y el humo, la pregunta sigue abierta: si hay una estrategia nueva, todavía no está claro si es convicción o apenas una maniobra para sobrevivir