La transformación tecnológica está modificando las viejas categorías con las que se interpretaba la política. El eje del debate ya no pasa únicamente por liberalismo y socialismo, sino por el futuro del Estado, la democracia y el trabajo humano

La inteligencia artificial y la automatización podrían asumir una parte cada vez mayor de las tareas que hoy realizan las personas. Si ese proceso avanza, el empleo dejaría de ser el principal medio para distribuir ingresos, reconocimiento social e identidad

Una antigua idea frente a un escenario nuevo

En la Grecia antigua existía la skholé: un tiempo liberado de la subsistencia que permitía dedicarse a la educación, la participación política, la contemplación y el desarrollo personal. De ese término proviene la palabra escuela

Sin embargo, ese tiempo estaba sostenido por el trabajo de esclavos, metecos y mujeres, que realizaban buena parte de las tareas productivas, domésticas y de cuidado. La libertad de unos dependía, en gran medida, del esfuerzo de otros

La automatización abre una posibilidad diferente: que las máquinas, los algoritmos y los sistemas de inteligencia artificial produzcan la riqueza necesaria para liberar tiempo sin basarlo en la explotación de otros seres humanos

Dos respuestas para una misma transformación

Una corriente vinculada con Silicon Valley cuestiona el papel tradicional del Estado y de la democracia representativa. Peter Thiel, empresario y cofundador de PayPal y Palantir, ha manifestado su desconfianza hacia la capacidad de la democracia para impulsar la innovación

Su respaldo al seasteading, que propone crear comunidades autónomas en el mar, expresa la búsqueda de espacios políticos y económicos relativamente independientes de los Estados. Para sus críticos, esa visión puede favorecer la concentración del poder en quienes controlan el capital, los datos y las plataformas

Otra perspectiva sostiene que la riqueza generada por las máquinas no puede quedar librada exclusivamente al mercado. En Un mundo sin trabajo, el economista británico Daniel Susskind analiza cómo distribuir esa riqueza y cómo preservar la cohesión social si no existe empleo remunerado para todos

Susskind considera la renta básica universal, aunque plantea también el ingreso básico condicional para quienes no puedan realizar una contribución económica. La propuesta busca reformular el pacto social y vincular el sostén material con nuevas formas de participación

El valor social más allá del empleo

El trabajo no solo permite obtener ingresos. También estructura el tiempo, otorga reconocimiento y ofrece una sensación de utilidad y pertenencia

En una sociedad automatizada, el cuidado de niños y ancianos, la producción cultural y comunitaria, la preservación ambiental y el voluntariado podrían adquirir una relevancia central. Serían actividades que las máquinas no pueden replicar del mismo modo

El Estado podría canalizar la riqueza producida por la automatización para sostener a la ciudadanía y exigir, a cambio, una contraprestación social. Así surgiría un pacto en el que la dignidad no dependiera exclusivamente de tener un empleo remunerado

La decisión política

El futuro puede orientarse hacia una élite tecnológica que concentre la riqueza mientras la mayoría recibe apenas lo necesario para subsistir. También puede avanzar hacia una sociedad con más tiempo para la educación, el cuidado, la creación, la participación comunitaria y la vida cívica

La primera alternativa se parece a una nueva aristocracia tecnológica. La segunda recupera la idea de una ciudadanía ampliada y de una skholé accesible para todos

La cuestión decisiva no es únicamente si las máquinas eliminarán empleos. Es qué hará la sociedad con el tiempo liberado y cómo definirá la utilidad, el propósito y la pertenencia cuando trabajar para sobrevivir deje de ser una necesidad general

Arturo Flier es sociólogo-psicólogo social