Torrelavega, en Cantabria, vuelve a mirarse en sus bares. El escritor Joaquín Díaz Rodríguez reúne en Aquellos bares y cafés de antes la memoria de 166 establecimientos hosteleros para trazar un retrato de la ciudad a lo largo de más de un siglo

El recorrido arranca en los últimos años del siglo XIX y se extiende hasta las décadas de 1960, 1970, 1980 y 1990. El libro combina fotografías, anuncios antiguos, nombres de propietarios y pequeñas escenas que ayudan a reconstruir la vida diaria de cafés, tabernas, hostales, restaurantes y salas de fiesta

La hostelería como espejo de la ciudad

Díaz Rodríguez explica que su intención no es hacer una crónica académica, sino conservar el recuerdo de los lugares y de quienes los sostuvieron. A través de esos locales, también repasa la evolución de Torrelavega, que durante años fue un centro económico y comercial de referencia en una amplia comarca

Hasta allí llegaban personas para vender ganado, comprar en los mercados, ir al cine, pasar consulta médica o resolver gestiones profesionales. Muchas de esas jornadas terminaban en una barra, en una mesa compartida o en una ronda tras una buena operación en la feria

Locales abiertos al ritmo de fábricas y autobuses

El libro también recoge el papel de los bares como puntos de paso en una ciudad atravesada por distintas líneas de autobús, algunas con parada frente a los propios establecimientos

Otros abrían al amanecer para dar servicio a los trabajadores que se dirigían a fábricas como la General, Asturiana de Zinc, Sniace o Solvay, en una Torrelavega marcada por los horarios de su actividad industrial

Mujeres, costumbres y memoria popular

El autor subraya además la labor de muchas mujeres que sostuvieron durante años negocios familiares. En numerosos casos cocinaban, preparaban pinchos, limpiaban y mantenían el día a día del local, mientras los hombres aparecían al frente de la barra

La obra recupera también gestos y costumbres de época: los caracoles de La Palentina, los blancos de Nava del Rey que se popularizaron en muchas barras o el aviso de “copas, pocas” con el que el dueño del Pety frenaba a los más jóvenes

Un paisaje sentimental con fútbol incluido

Entre los locales desaparecidos destaca el Café Cántabro, al que el autor sitúa entre los grandes cafés históricos por su relevancia y al que algunas crónicas vinculan con Rafael Alberti

El libro reserva también espacio para la Gimnástica, el equipo de la ciudad. Durante años, muchos bares colgaron resultados y convirtieron sus barras en improvisadas gradas donde se comentaba cada partido

Así, la hostelería aparece no solo como lugar para comer o beber, sino como un centro de encuentro, conversación e información que ayudó a escribir la historia cotidiana de Torrelavega