Vivimos rodeados de recursos destinados a mejorar nuestro bienestar: aplicaciones para dormir, meditaciones guiadas, técnicas contra el estrés y dispositivos que registran nuestra actividad. Sin embargo, estar plenamente presentes en la propia vida parece cada vez más difícil
Dokushō Villalba lleva casi cinco décadas explorando esa contradicción. Se acercó al zen cuando tenía poco más de veinte años, en medio de una crisis personal. Fue discípulo de Taisen Deshimaru, quien lo ordenó monje en 1978. Luego continuó su formación en Japón con Shuyu Narita y, en 1987, recibió la transmisión del Dharma
Así se convirtió en el primer maestro sōtō zen español. Dos años después fundó el templo Luz Serena y la Comunidad Budista Sōtō Zen en España. Desde entonces, su trayectoria quedó vinculada con la práctica, el estudio y la enseñanza
La atención como territorio de disputa
Para Villalba, uno de los principales problemas actuales es la desconexión del cuerpo, de la experiencia directa y de las necesidades reales. La atención queda desplazada hacia un entorno virtual compuesto por redes sociales, contenidos digitales y videos generados mediante inteligencia artificial
El maestro sostiene que esa captura constante puede producir una forma grave de alienación. Las personas terminan sin reconocer con claridad el origen de su malestar ni sus propios procesos mentales, emocionales y corporales
También considera que existe una intención detrás de ese mecanismo de captación. En la llamada economía de la atención, afirma, el recurso más valioso para los grandes oligopolios ya no son únicamente las materias primas o los productos financieros, sino la atención humana, que es ofrecida a los anunciantes
La consecuencia sería una pérdida de soberanía atencional: la dificultad para dirigir voluntariamente la concentración hacia aquello que se quiere o se necesita. A su juicio, el secuestro de la atención será uno de los grandes temas del siglo XXI
Menos concentración, más polarización
Villalba vincula esa pérdida de atención con una menor capacidad para comprender procesos complejos. Menciona los resultados de las pruebas PISA como una señal de retroceso en lectura, concentración y reflexión en buena parte del mundo desarrollado
Cuando la comprensión se simplifica, la realidad tiende a dividirse en opuestos: blanco o negro, bien o mal, los propios contra los demás. Esa mirada, sostiene, favorece la polarización y vuelve a las personas más manipulables
El problema también alcanza al cuerpo. La vida contemporánea, marcada por largas jornadas laborales, exigencias constantes y condiciones difíciles, genera un agotamiento del sistema nervioso que puede expresarse en trastornos del sueño, alteraciones del estado de ánimo y otros problemas de salud mental
Deseos inducidos y autoexplotación
Según el maestro zen, el sistema económico convierte a las personas en seres permanentemente deseantes. Satisfacer esos deseos requiere más ingresos y, por lo tanto, más trabajo. Así se forma una rueda en la que se consume para producir y se produce para consumir
La ruptura de ese circuito suele llegar a través de una enfermedad, una depresión u otra experiencia límite. El dolor puede convertirse entonces en una oportunidad para revisar el rumbo, porque obliga a prestar atención a aquello que antes era ignorado
Desde la perspectiva budista, explica, el sufrimiento puede impulsar el despertar de la conciencia. No se trata solo del dolor físico, sino también de un malestar existencial persistente, presente como un ruido de fondo que desgasta de manera continua
Dolor y sufrimiento no son lo mismo
Villalba distingue entre el dolor, que tiene un comienzo y un final, y el sufrimiento, que aparece cuando la mente mantiene activo un dolor del pasado. Una lesión, una separación o un duelo pueden doler, pero con el tiempo esa experiencia puede disminuir
El sufrimiento, en cambio, surge de la rumiación y de la fijación traumática. La mente recupera una experiencia que ya ocurrió y la convierte en un dolor crónico. Para el zen, algunas formas de dolor son inevitables y requieren aceptación profunda; otras se construyen mediante hábitos y pueden ser transformadas
Meditar para observar, no para escapar
La meditación no comienza necesariamente con una sensación de bienestar. Al sentarse, muchas personas encuentran primero el dolor corporal y, a través de él, un malestar más profundo. Ese reconocimiento abre preguntas sobre sus causas y sobre la posibilidad de liberarse
El maestro cita un experimento realizado en Londres con 40 meditadores experimentados y un grupo de control de otras 40 personas sin experiencia en meditación. Los participantes fueron expuestos gradualmente a una experiencia dolorosa controlada
De acuerdo con su explicación, los practicantes zen mostraron un umbral más amplio para integrar la experiencia dolorosa. La práctica no eliminaría el dolor, pero podría favorecer una mayor paciencia frente a él, sin huir ni reaccionar de manera automática
El mindfulness que enseña Villalba está basado en la tradición budista y busca despertar la conciencia de uno mismo. El recorrido comienza por el cuerpo, continúa con las sensaciones y las emociones, y llega después a los pensamientos y las estructuras mentales
Esas estructuras funcionan como cristales que colorean la percepción de la realidad. La práctica permite reconocer cuáles son los filtros desde los que cada persona interpreta lo que ocurre
La autoconciencia como posibilidad de cambio
Para Villalba, la atención plena no debería servir únicamente para soportar condiciones injustas o agotadoras. La conciencia de sí es, en su visión, el punto de partida de toda transformación
Cuando alguien identifica el engranaje social, laboral, mental o emocional en el que está atrapado, puede decidir si quiere continuar allí o tomar otra dirección. También puede distinguir sus necesidades reales de los deseos inducidos por la lógica del consumo
Un ejemplo es reemplazar el descanso por horas de series o de teléfono, dormir poco y presentarse al trabajo con un déficit de sueño. Para recuperar el bienestar, plantea, es necesario preguntarse qué necesita realmente el cuerpo y qué deseos fueron instalados desde afuera
Una transformación paso a paso
Villalba no se considera un líder de masas. Define su tarea como un trabajo artesanal con grupos pequeños y con personas que desean aprender. No espera una transformación repentina de toda la humanidad, sino avances individuales y sostenidos
Su propuesta busca que cada persona desarrolle su propia atención mediante una metodología laica y aconfesional. No exige una creencia previa ni pide fe: se apoya en la experiencia directa
En el marco de su próxima visita a la Argentina, participará de actividades en Buenos Aires y Córdoba organizadas por instituciones dedicadas a la meditación, la salud mental y el mindfulness. Allí, según explica, se ofrecerán herramientas básicas para incorporar el cultivo de la atención a la vida cotidiana
Usar la tecnología sin quedar atrapado
El maestro no propone vivir al margen de la tecnología. Reconoce que utiliza el teléfono, la tableta, el automóvil y el avión, pero plantea una relación deliberada con esos recursos
La clave, sostiene, es emplearlos para fines concretos y detenerse cuando aparece el enganche compulsivo. No se trata de abandonar el mundo moderno, sino de recuperar una parte de la libertad para decidir hacia dónde dirigir la atención
El valor irrepetible del tiempo
Villalba comenzó a practicar zen a los veinte años y está próximo a cumplir setenta. Al recordar a aquel joven, asegura que le diría que no abandonara el camino, porque la práctica terminó conformando su vida
Frente al futuro y a la inteligencia artificial, prefiere no especular. Su enfoque está centrado en observar lo que se piensa, se dice y se hace en el presente, con la convicción de que el futuro será consecuencia de esas acciones
El tiempo limitado es, para él, el recordatorio más importante. Lo compara con un crédito de instantes que disminuye cada vez que pasa un momento. A diferencia de otros bienes, el tiempo no puede recuperarse, reciclarse ni renegociarse
Ser consciente de esa finitud no debería llevar al lamento, sino a valorar cada instante con mayor precisión. Esa, afirma, es una de las enseñanzas más profundas que el zen le dejó