Referente de la terapia Gestalt y uno de los principales divulgadores de las constelaciones familiares en español, Joan Garriga propone una idea central: nadie puede modificar la historia que le tocó, pero sí la manera de habitarla. Para el terapeuta catalán, el camino no pasa por negar el dolor, sino por reconocerlo, integrarlo y convertirlo en una experiencia que deje de repetirse

Garriga visitará la Argentina en noviembre para dar un taller y, además, anunció la publicación de un nuevo libro para septiembre: Cambiar, las siete etapas de la transformación en el viaje de la vida

Tomar la historia sin quedar preso de ella

En su mirada, la infancia deja huellas que no conviene borrar ni idealizar. Habla de las “monedas” que cada persona recibe en su casa: algunas vienen en forma de amor, cuidado y protección; otras, de abandono, violencia o indiferencia. El problema aparece cuando alguien intenta expulsar por completo lo vivido y termina organizando su vida alrededor del rechazo

Para Garriga, aceptar lo recibido no implica justificar el daño. Significa reconocer con honestidad que esa fue la propia historia y abrir espacio para transformarla. Cuando eso no ocurre, aparecen posiciones de sufrimiento como el victimismo, el enojo crónico, el perfeccionismo, el miedo o el orgullo defensivo

Su idea es directa: no se puede cambiar lo que pasó, pero sí la forma en que eso sigue viviendo en el presente. Por eso resume su propuesta en una frase contundente: no se trata de negar las heridas, sino de transformar lo recibido

Honrar a los padres sin idealizarlos

Otro de los ejes de su trabajo es el vínculo con los padres. Garriga aclara que honrarlos no significa pensar que hicieron todo bien ni justificar sus errores. Honrar, dice, es el resultado de un proceso emocional en el que se atravesaron el dolor, la rabia, la decepción y las expectativas frustradas

Solo después de ese recorrido, sostiene, es posible ver a los padres como seres humanos completos, con límites y posibilidades. La reconciliación no cambia el pasado, pero sí la mirada sobre ese pasado

También subraya que la familia es el primer lugar donde se aprende a amar, vincularse, protegerse y defenderse. Por eso considera que la relación con los progenitores perfila la vida de cada persona y que, en muchos casos, sanar ese lazo permite ordenar otras dimensiones de la existencia

Lealtades, cargas y lugares equivocados

Garriga explica que todos los seres humanos necesitan pertenecer a un sistema y que, desde chicos, muchos hacen cualquier cosa para no quedar fuera. En esa necesidad aparece lo que define como “amor ciego”: una forma de lealtad infantil que lleva a repetir patrones o asumir cargas que no corresponden

En esa lógica, un hijo puede intentar salvar a sus padres, ocupar el lugar de la pareja de su madre o cargar con destinos ajenos, incluso a costa de su propia vida. Son movimientos nacidos del amor, pero desordenados, que terminan quitando energía para vivir con libertad

Por eso insiste en una idea simple pero decisiva: los padres son los grandes y los hijos los pequeños. Cuando cada uno ocupa su lugar, dice, se reduce el esfuerzo de sostener lo que nunca correspondió sostener

Lo excluido también pesa

El terapeuta también pone el foco en los miembros de la familia que quedaron fuera del relato: un abuelo rechazado, un hijo muerto temprano, una persona de la que no se habla, un aborto o un suicidio. Según su enfoque, el sistema tiende a olvidar, pero la vida no olvida

Lo excluido, afirma, suele reaparecer en las generaciones siguientes bajo formas difíciles de explicar. La salida no pasa por buscar culpables, sino por incluir lo que fue negado. Cuando alguien vuelve a ser reconocido, el sistema recupera equilibrio

El cuerpo como señal

Garriga sostiene que el cuerpo avisa cuando una persona está ocupando un lugar equivocado. Puede hacerlo a través de tensiones, malestar, enfermedad o agotamiento. Para él, esas señales no son menores: forman parte de la información que muestra cuándo la vida interna está desordenada

En ese sentido, propone un trabajo de asentimiento con la realidad. Aceptar no es resignarse, sino dejar de pelear con lo ocurrido para poder hacer las paces con el pasado. “Asentir es liberación; oponerse es sufrimiento”, resume

Una práctica que busca incluir

Las constelaciones familiares, explica, son una herramienta para mirar dinámicas invisibles dentro del sistema familiar. Pueden hacerse de manera individual o grupal. En ambos casos, el objetivo es poner en escena vínculos, conflictos y cargas para clarificar qué lugar ocupa cada persona dentro de esa trama

En un taller grupal, participantes representan a miembros de la familia o elementos vinculados al problema que trae la persona. A partir de esa puesta, pueden surgir movimientos emocionales, comprensiones nuevas y cambios en la manera de vincularse con la propia historia

Para Garriga, el valor del proceso está en dejar de luchar contra lo vivido y asumir el duelo, la aceptación y la reelaboración del pasado. Solo así, dice, es posible abrirse a la existencia con más libertad y conciencia