Lo que iba a ser una salida familiar hacia la Reserva Natural Villavicencio terminó convirtiéndose en un rescate inesperado en plena montaña mendocina. El viento helado hizo que el grupo siguiera subiendo por la Ruta 52 hasta la zona del cruce con Uspallata, a casi 3 mil metros sobre el nivel del mar, donde no había casas ni poblados cerca

Mientras se preparaban para almorzar, Fabri y Majo caminaron entre los arbustos y escucharon el maullido de una gatita. La pequeña apareció entre las matas, pero se escondía cada vez que intentaban acercarse. Ante esa desconfianza inicial, la familia decidió dejarle comida y agua y esperar a que se calmara

Dos horas de paciencia para no dejarla sola

Después de varios intentos y de pasar alrededor de dos horas en el lugar, comprendieron que no podían abandonarla allí. El caserío más próximo quedaba a más de diez kilómetros, así que Gonzalo y su hermano volvieron a buscarla hasta lograr tomarla. En cuanto sintió el contacto humano, la gatita se relajó por completo

El regreso a Mendoza fue más tranquilo de lo esperado: durante las dos horas y media de viaje, la cachorra fue pasando de brazos en brazos y durmiendo con todos. Ya en la ciudad, la revisión veterinaria confirmó que tenía unos dos meses de vida, pesaba cerca de un kilo y presentaba un muy buen estado general

La adopción quedó finalmente a nombre de Gonzalo, instructor de acroyoga y organizador de eventos, que la bautizó Pipina. Desde entonces, la gatita ya duerme en su cama, recorre la casa y gana peso día a día. La idea ahora es que se acostumbre también a los traslados y a la vida en movimiento para acompañarlo en sus actividades