A más de 4000 metros sobre el nivel del mar, en la sierra peruana, Alfonso encontró una forma de vida alejada de las ciudades. Allí, entre piedras, paja y pastizales, cuida cerca de 200 animales entre cabras y borregos

En la zona lo conocen como Juanchito o Jonshito. Su historia está marcada por el esfuerzo cotidiano y por la decisión de dejar atrás el trabajo bajo las órdenes de otros propietarios

El regreso a la montaña

Alfonso vivió durante más de 30 años en Lima. Una enfermedad lo llevó a regresar a sus raíces, donde comenzó a trabajar como peón. Con el tiempo, sin embargo, entendió que ese camino no le ofrecía el futuro que buscaba

“Ya me cansé de ser peón. Yo pensé en mi futuro y mis animales. Prefiero mi animal”, recuerda al explicar la decisión que cambió su vida

Comenzó con apenas cinco cabezas de ganado. Entre 10 y 15 años de trabajo constante, logró ampliar su rebaño hasta alcanzar casi 200 ejemplares

Una jornada que empieza antes del amanecer

Su día comienza entre las 4 y las 5 de la mañana. Para encender el fuego utiliza leña de mora y bosta seca de vaca, un recurso que llama “muñeca”

Su vivienda, construida con piedras y paja, es conocida por él como la “casita de corcho”. Allí organiza buena parte de las tareas vinculadas con la producción

A las 6 de la mañana empieza el ordeñe de más de 20 cabras lecheras. La puntualidad es fundamental para evitar pérdidas y sostener la producción diaria

El cuidado de los animales

Entre sus mayores responsabilidades está la atención de los “guachitos”, como llama a los animales huérfanos. Para Alfonso, cuidar el rebaño requiere vocación y compromiso permanente

“Tiene que gustarte… Uno siente por sus animales. Cuando te nace, hay que estar hasta el último protegiéndolo y cuidándolo”, explica

También debe proteger a sus animales de los pumas. Para eso aplica “creso” en la lana y cuenta con una jauría de diez perros guardianes que recorre el perímetro del cerro

Cuatro horas de caminata para vender queso

Los martes y sábados, Alfonso baja hasta el pueblo para comercializar principalmente queso de cabra. El trayecto le demanda cuatro horas a pie y lo realiza cargado con los bloques que produce

El kilo de queso se vende a 10 soles, equivalentes a unos 2,91 dólares. Después de la jornada, suele pescar truchas en los ríos cercanos para alimentarse

Su hija y su nieta son, según cuenta, la principal razón por la que continúa levantándose cada día en la montaña. A ellas se suman el recuerdo de quienes lo ayudaron durante los años de arreo y ferias, y una fe que sostiene como parte de su trabajo cotidiano