Angela Davis resume en una frase una parte central de su pensamiento político: en una sociedad racista no alcanza con declararse “no racista”. Para ella, la única respuesta consistente es el antirracismo, entendido como una práctica activa frente a un sistema de desigualdad que no se corrige por inercia

Una consigna que exige acción

La idea no se limita a una postura moral individual. En su mirada, el racismo está ligado a estructuras más amplias, como el sistema penal, la desigualdad económica y el acceso desigual a derechos básicos. Por eso, sostener una posición antirracista implica intervenir sobre esas condiciones y no solo rechazar los prejuicios en el plano personal

Nacida en 1944 en Birmingham, Alabama, Davis creció en un entorno atravesado por la violencia segregacionista. Se formó en la Universidad de Brandeis y en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt, y luego desarrolló su carrera académica y militante en Estados Unidos

Militancia, persecución y absolución

Su activismo político y su vínculo con el Partido Comunista de Estados Unidos y con los Panteras Negras la convirtieron en una figura bajo fuerte vigilancia estatal. En 1970 fue arrestada y encarcelada tras ser acusada de complicidad en un asalto armado a un tribunal en el que murió un juez. Pasó dieciséis meses detenida y fue absuelta en 1972, luego de una campaña internacional de apoyo

También dejó una obra clave para el pensamiento crítico contemporáneo. Entre sus libros figuran Mujeres, raza y clase (1981), ¿Son obsoletas las prisiones? (2003) y La libertad es una batalla constante (2016)

Ya como profesora emérita de la Universidad de California en Santa Cruz, continúa vinculada a la organización anticarcelaria Critical Resistance. Su mensaje mantiene actualidad porque cuestiona una idea extendida: que basta con no discriminar. Para Davis, frente al racismo, quedarse quieto también es tomar partido