Cuando Chola López Varela recuerda el patxarán, el licor que elaboraban en el pueblo español de su familia, también vuelve a imaginar la endrina con la que se preparaba. La memoria de esa fruta resume una sensibilidad que la acompañó durante toda su vida: la capacidad de observar, descubrir y cuidar lo singular
A los 95 años, Chola se prepara para cerrar La Terraza, el vivero que fundó en Benavídez y que se convirtió en una referencia para quienes buscaban plantas poco comunes. El establecimiento dejará de funcionar en noviembre, después de la jubilación de Oscar Cabrera, su colaborador histórico
Una vocación nacida en la infancia
Su vínculo con la jardinería comenzó mucho antes de que imaginara tener un vivero. Según recuerda, a los cinco años ya les pedía gajos a sus vecinas para reproducir plantas y llenar de verde el jardín familiar en General Villegas
Su abuelo español, dedicado al trabajo de la tierra, fue una de sus primeras grandes influencias. Durante las vacaciones, Chola lo acompañaba a la quinta y observaba cómo trabajaba. Años después, también su hermano Martín sería decisivo para que transformara aquella afición en una actividad profesional
En su adolescencia fue vecina y amiga de Manuel Puig. Ambos compartían tardes en General Villegas, antes de que el escritor iniciara su carrera literaria. Más tarde, sus caminos se separaron cuando los dos se instalaron en Buenos Aires
Del trabajo doméstico al vivero de Benavídez
Chola se casó a los 24 años, tuvo cuatro hijos y durante décadas se ocupó de la casa y la familia. A los 50 comenzó a trabajar con mayor intensidad en jardinería, de manera autodidacta y a partir de los pedidos de sus amigas
Al principio recorría casas y edificios en un Citroën para ayudar a elegir especies y diseñar jardines. Su hermano Martín, que conocía el mundo de los viveros, advirtió el esfuerzo que hacía y le regaló un terreno en Benavídez. Allí nació La Terraza, un proyecto que llegó a tener siete empleados
La curiosidad llevó a Chola a buscar especies en Sudáfrica y Europa. En aquellos viajes regresaba con plantas cuidadosamente envueltas y sin tierra en las raíces. Su objetivo era reproducirlas en el país y comprobar si podían adaptarse al nuevo entorno
Especies adelantadas a su tiempo
Entre sus mayores orgullos estuvo la reproducción de la equinácea. A fines de la década de 1980 llegó a cultivar cinco hectáreas, cuando todavía no existía un interés extendido por sus posibles usos medicinales. Al no encontrar compradores para ese destino, terminó comercializando la producción como flor cortada
También participó en la llegada del kiwi a distintos mercados. Como casi nadie conocía la fruta, recorrió hoteles y verdulerías de San Isidro, Vicente López y Belgrano con un cajón en la camioneta. El cocinero Gato Dumas fue uno de los primeros en animarse a probarla y comprarla
Otra especie quedó asociada para siempre a su nombre. La Indigo Spires, conocida popularmente como “Salvia Chola”, llegó a su vivero a través de un gajo traído desde Estados Unidos. Chola la multiplicó y, con el tiempo, el público comenzó a identificarla con ese apodo
Aprender mirando
Chola dejó la escuela a los 15 años, pero convirtió la lectura y la observación en sus principales herramientas. Estudió botánica por su cuenta, reunió libros especializados y desarrolló una memoria extraordinaria para los nombres científicos de las plantas
En La Terraza también respetaba el calendario lunar para realizar gajos, podas, trasplantes y tareas de mantenimiento. Para ella, ese conocimiento surgía de observar la naturaleza durante años, probar, equivocarse y volver a intentar
Su método para cuidar una planta era sencillo: mirarla todos los días. Decía que bastaban unos segundos para advertir si tenía demasiada agua, si necesitaba atención o si estaba creciendo con vigor. También sostenía que las plantas respondían a la música, a las palabras y al ambiente que las rodeaba
Un vivero convertido en comunidad
La Terraza no fue solamente un lugar de venta. Bajo sus árboles se organizaron almuerzos, meriendas, picnics y encuentros entre paisajistas, alumnas y amigos. Las plantas funcionaban muchas veces como el punto de partida para conversaciones y vínculos duraderos
Chola recuerda con especial afecto a Andrés Percivalle, Clara Billoch, Lucía Cané y María Thays, entre muchas otras personas que formaron parte de la historia del vivero. Para ella, el patrimonio más importante de La Terraza estuvo en las relaciones y los conocimientos compartidos
Su vida familiar transcurrió en paralelo con ese trabajo. Estuvo casada durante 62 años, hasta la muerte de su marido, ocurrida hace más de una década. Él no compartía su pasión por la jardinería, pero respetaba su independencia y solía esperarla en casa con té y scons durante los fines de semana
El cierre de una historia
Después de la pandemia, Chola atravesó una neumonía severa y quedó con una insuficiencia respiratoria que le impide visitar el vivero. La jubilación de Oscar Cabrera hizo imposible continuar con el funcionamiento habitual, por lo que decidieron vender las plantas restantes hasta noviembre
La despedida le provoca tristeza, aunque también encuentra una manera de darle continuidad a lo que construyó. Muchas personas se llevan los últimos ejemplares a sus casas, como si trasladaran fragmentos de la historia de La Terraza a nuevos jardines
Chola extraña hacer gajos, preparar almácigos y ver nacer las semillas. Sin embargo, afirma que no tiene motivos para quejarse: conoció plantas extraordinarias, hizo amistades profundas y dedicó 45 años a una tarea que todavía considera una forma de estar en contacto con la vida