Millones de adultos utilizan medicamentos GLP-1 para tratar la diabetes o bajar de peso. En muchos hogares, sus efectos pueden hacerse visibles en la alimentación, las porciones, el apetito o el cuerpo de quienes los toman
Por eso, algunos padres se preguntan cómo responder cuando sus hijos encuentran jeringas en la heladera, notan cambios en las comidas o preguntan por una transformación física
Hablar de salud sin convertir el peso en el centro
Carey Moreno-Hunt comenzó a tomar un GLP-1 hace unos tres años. Como sus cuatro hijos, de entre 12 y 18 años, advirtieron que comía de otra manera, decidió explicarles el tratamiento
La conversación se enfocó en su salud y en su deseo de vivir más tiempo y sentirse mejor. Moreno-Hunt tiene mutaciones genéticas que aumentan su riesgo de desarrollar miocardiopatía. Aunque perdió más de 40 kilos, evitó presentar esa pérdida como el objetivo principal
También procuró no hablar de su cuerpo de manera negativa ni utilizar expresiones despectivas relacionadas con el peso
Leah, una madre de Maryland que prefirió mantener en reserva su apellido, conversó con sus hijos de quinto y sexto grado poco después de comenzar el tratamiento. Ellos sentían curiosidad por las jeringas que veían en la heladera
Al explicarles el motivo, mencionó un diagnóstico reciente de apnea obstructiva del sueño y evitó concentrarse en su peso. En privado, sin embargo, reconoce que se pesa a diario y que es muy cuidadosa para no transmitir sus preocupaciones sobre la imagen corporal, especialmente a su hija menor
La publicidad también influye en las preguntas de los chicos
La presencia creciente de los GLP-1 en la vida cotidiana se suma a campañas publicitarias que suelen asociar estos tratamientos con la delgadez. Esa exposición puede hacer que los niños incorporen la idea de que un cuerpo más pequeño es necesariamente mejor
Jennifer Anderson, dietista especializada en alimentación infantil, observó esa influencia cuando su hijo adolescente quedó impactado por un anuncio de un tratamiento GLP-1 en Nueva York. La publicidad mostraba a la exestrella de básquetbol Charles Barkley junto a una jeringa y destacaba una pérdida de 45 libras, unos 20 kilos
Anderson sostiene que, cuando sea posible, los padres deberían evitar hablar de su cuerpo en términos de peso o pérdida de peso. Una explicación sencilla, como decir que se trata de un medicamento para la diabetes u otra condición de salud, puede ser suficiente
Si el tratamiento se utiliza principalmente con un objetivo estético, la especialista considera todavía más importante no presentarlo ante los hijos como una forma de alcanzar un ideal corporal
Responder con neutralidad ante los cambios físicos
Los especialistas aconsejan dejar que los niños orienten la conversación. Algunos quizá no noten ningún cambio; otros pueden preguntar por nuevas comidas, porciones diferentes o una modificación en el cuerpo de uno de sus padres
Ante una observación de ese tipo, Anderson propone describir la transformación sin emitir juicios de valor: los cuerpos pueden hacerse más grandes o más pequeños y están destinados a cambiar con el tiempo
Ellyn Satter, especialista en alimentación infantil, coincide en que los padres deben evitar sugerir que adelgazar es algo inherentemente positivo. También recomienda aceptar los cuerpos de los niños tal como son
La medicación de un adulto puede modificar su apetito o sus elecciones de alimentos, pero eso no debería alterar la manera en que se alimenta a los hijos. La familia debe continuar ofreciendo una variedad de comidas y evitar imponer una mentalidad basada en la dieta
Enseñar a reconocer el hambre y la saciedad
Satter señala que algunas personas que toman GLP-1 pueden sentir menos preocupación constante por la comida. Esa experiencia podría ayudar a prestar más atención a las señales internas de hambre y saciedad, siempre que no se transforme en una nueva forma de control alimentario
Lindsay Maggio, médica especializada en medicina de la obesidad, comenzó a utilizar un GLP-1 hace cinco años. Al principio no habló del medicamento con sus hijos, que entonces tenían 2 y 4 años
Cuando ellos notaban que comía menos, Maggio les explicaba que era importante comer cuando tuvieran hambre. En los dos primeros años perdió más de 45 kilos, pero sus hijos terminaron prestando más atención a lo que podía hacer con su cuerpo que a su apariencia: en ese período, corrió tres maratones
Leah también afirma que el tratamiento modificó su relación con la comida. Antes comía bocadillos durante las noches de película aunque no tuviera hambre. Ahora siente que puede mostrarles a sus hijos una forma más consciente de tomar decisiones
Moreno-Hunt percibió algo similar en su familia: sus hijos observaron que ya no comía automáticamente solo porque un alimento estuviera disponible. A su juicio, esa conducta les permitió reflexionar sobre sus propias señales de hambre
Observar a los adolescentes sin generar alarma
Moreno-Hunt y su esposo se mantuvieron atentos cuando su hija adolescente comenzó a entrenar más, reducir los carbohidratos y aumentar el consumo de proteínas. Hablaron del tema en familia y consultaron con la pediatra
Sus preocupaciones iniciales disminuyeron al comprobar que la adolescente mantenía una alimentación saludable y practicaba deporte. Aun así, Moreno-Hunt considera necesario seguir observando estos cambios, especialmente porque conoce casos de trastornos alimentarios entre adolescentes que practican deportes
En un contexto donde los medicamentos para adelgazar y los mensajes sobre el cuerpo forman parte de la conversación pública, los expertos recomiendan priorizar la salud, la variedad de alimentos y la escucha de las señales corporales, sin presentar la delgadez como una medida de bienestar o de valor personal