Una escena incómoda en una sala de cine sirve como punto de partida para una reflexión sobre un oficio ya extinguido: el del explicador. Antes de que el sonido transformara por completo la experiencia cinematográfica, hubo personas encargadas de poner en palabras lo que la pantalla no decía
Cuando la pantalla necesitaba voz
En los primeros años del cine, los explicadores también eran llamados comentadores. Su tarea consistía en describir las escenas, reproducir diálogos, leer los carteles y, en algunos casos, acompañar la proyección con recursos pensados para sugerir sonidos. Su presencia ayudaba a reducir la extrañeza que provocaban aquellas imágenes en movimiento
Ubicados junto a la pantalla y armados incluso con un puntero, estos narradores podían sumar dramatismo o humor a cada proyección. A veces, además, dialogaban con el público durante la función. Su momento de mayor expansión llegó en la primera década del siglo XX, antes de que el cine sonoro terminara por desplazar esa figura
Un oficio con huellas en Buenos Aires y Tokio
En Buenos Aires también hubo explicadores, aunque quedaron pocos registros. Uno de ellos fue Julián de Ajuria, inmigrante vasco que trabajó como narrador de cine en 1906
Más tarde se involucró en otros tramos de la industria: participó como productor de El fusilamiento de Dorrego, considerado el primer gran éxito del cine nacional, y en 1912 fundó la Sociedad General Cinematográfica. También impulsó que las películas se alquilaran a las salas en lugar de venderse
La historia se extiende hasta Japón, donde destacó Heigo Kurosawa, un benshi de Tokio admirado por su manera de relatar cada filme. Su figura cayó en el olvido con la llegada del sonido y terminó suicidándose en 1933. Su hermano menor, Akira Kurosawa, siguió el camino que había descubierto a través de él y se convirtió en uno de los grandes directores del cine mundial
Hoy no quedan explicadores en las salas. Apenas sobreviven algunos improvisados, para fastidio de quienes prefieren que la película avance en silencio