PARÍS.– En Francia, las protestas forman parte de la vida política. Quienes rechazan los impuestos a los combustibles pueden salir a la calle con chalecos amarillos; los agricultores pueden llegar en tractores a los Campos Elíseos, y los trabajadores de los museos pueden recurrir a huelgas que obligan a cerrar instituciones como el Louvre
Esta tradición se vincula con la Revolución Francesa y con una idea de participación ciudadana que considera la movilización pública una herramienta para exigir cambios, defender libertades y presionar a las élites. El derecho a protestar también cuenta con protección constitucional
Una tradición marcada por ciclos
La historia posterior a la Revolución no siguió una línea estable de protestas y reformas. Estuvo atravesada por ciclos de levantamientos populares, represión, nuevas movilizaciones y concesiones políticas
La Comuna de París, creada en 1871, fue reprimida por las tropas gubernamentales y dejó miles de muertos, según las estimaciones citadas en el análisis histórico. En 1968, en cambio, las protestas estudiantiles y una huelga general llevaron al gobierno a aceptar concesiones, entre ellas un aumento del salario mínimo
Los chalecos amarillos retomaron esa dinámica en 2018 y 2019. Comenzaron rechazando un aumento previsto de los impuestos a los combustibles y luego incorporaron reclamos vinculados con el costo de vida y la desigualdad. Algunas de aquellas jornadas terminaron con incendios, saqueos y choques con la policía
Los disturbios y la respuesta policial
Las manifestaciones más recientes reunieron a decenas de miles de personas por cuestiones como el costo de vida y el deterioro de las escuelas. Sin embargo, grupos violentos protagonizaron enfrentamientos, incendios, saqueos e irrupciones en edificios públicos
Solo el sábado fueron detenidas al menos 2400 personas en distintas ciudades del país. Las autoridades establecieron toques de queda nocturnos mientras se anunciaban nuevas convocatorias
No está claro cuántas de las personas que saquearon comercios habían participado originalmente de las marchas ni cuántas aprovecharon los disturbios para cometer delitos. Esa diferencia alimenta la preocupación por que la violencia de una minoría termine eclipsando las movilizaciones pacíficas
Las críticas también apuntaron a las tácticas policiales. Organizaciones defensoras de los derechos humanos y opositores cuestionaron el uso de lanzadores de proyectiles de goma, conocidos como LBD, y de granadas aturdidoras, a los que atribuyen lesiones graves
La desconfianza en los suburbios
Desde la década de 1990, Francia atravesó varias oleadas de violencia urbana. Algunos de esos episodios comenzaron después de hechos de violencia policial: en 2005, dos adolescentes murieron mientras huían de agentes; en 2023, un policía mató de un disparo a un joven de 17 años durante un control de tránsito en las afueras de París
Para muchos jóvenes de los suburbios, los disturbios se convirtieron en una forma conocida de expresión colectiva. La percepción de no ser escuchados también profundizó el malestar
El gobierno intentó responder a los reclamos de los chalecos amarillos con una plataforma digital llamada “el gran debate nacional”, pero los manifestantes contrarios al gobierno rechazaron la iniciativa. En paralelo, las casi 8000 detenciones registradas en las semanas previas al 17 de octubre contrastaron con las apenas unas decenas producidas durante una protesta de 500.000 estudiantes en 1998
La combinación de movilización, represión y falta de negociación mantiene abierta una dinámica de desconfianza. Mientras continúan las convocatorias, las autoridades enfrentan el desafío de contener los disturbios sin borrar del debate las demandas de quienes protestan pacíficamente