Matt tiene 22 años y vive en el norte de Inglaterra. Antes de salir con amigos, bebía hasta sentirse mal; ahora recurre a medicamentos que compra por internet sin receta. Dice que le quitan la ansiedad, le facilitan hablar con otros y le evitan la resaca que le deja el alcohol

Su caso refleja una tendencia que preocupa a médicos e investigadores: jóvenes que usan fármacos y sustancias experimentales como sustitutos de la bebida para socializar. Entre los más mencionados aparecen la pregabalina y el propranolol, ambos recetados para otros usos, pero también productos no regulados que circulan en redes

Redes sociales y nuevas mezclas

Los contenidos sobre estas sustancias se multiplican en plataformas digitales. Allí se promueven combinaciones de medicamentos para reducir la ansiedad social y pasar reuniones, fiestas o citas con menos nervios. Algunos usuarios incluso venden productos desde enlaces asociados a sus perfiles

El fenómeno coincide con una caída del consumo de alcohol entre adultos jóvenes en Reino Unido. En paralelo, crece la idea de que ciertos fármacos serían una alternativa más limpia o más segura, aunque los expertos advierten que esa percepción puede ser engañosa

Ansiedad, dependencia y efectos graves

La preocupación es mayor porque el uso sin control médico puede generar dependencia. Quienes prolongan el consumo pueden terminar sintiendo que no son capaces de enfrentar una situación social sin ayuda química. También se han reportado más ansiedad, insomnio y pensamientos suicidas al intentar abandonar estas sustancias

Entre los más expuestos aparece la pregabalina. Su consumo mundial se multiplicó con fuerza entre 2008 y 2018, y las muertes en las que fue mencionada subieron con claridad en Inglaterra y Gales entre 2015-2019 y 2020-2024. En otros países, como Jordania, Ucrania, India y China, también se observó un aumento del abuso y, en algunos casos, mayores controles oficiales

Un alivio que se vuelve rutina

Mei, una estudiante universitaria china de 20 años, empezó a tomar pregabalina para ir a fiestas. Dice que le daba euforia y la hacía sentirse más segura. Con el tiempo, su uso se extendió a exámenes, discursos y debates, hasta que terminó consumiéndola a diario

Una trabajadora ucraniana, Sofía, siguió un recorrido parecido: primero la usó en eventos sociales y después en el trabajo. Cuando no pudo conseguirla durante dos semanas, asegura que tuvo episodios depresivos y pensamientos suicidas

El costo de la falsa seguridad

Para algunos especialistas, el problema no es solo el daño físico. También les inquieta que estas pastillas refuercen la idea de que la vida social exige asistencia farmacológica. Eso, advierten, puede erosionar la confianza para atravesar situaciones cotidianas sin medicación

Aunque Matt insiste en que el balance le resulta favorable y que gasta menos que con alcohol, los médicos recuerdan que comprar estos productos fuera del circuito regulado agrega otro riesgo: no siempre se sabe qué contienen ni en qué dosis reales llegan al consumidor