En la Sierra de Francia, al sur de Salamanca, hay un pueblo que conserva intacto el pulso de otra época. Sus calles estrechas, las casas de granito, las balconadas llenas de flores y el empedrado envejecido por el paso del tiempo sostienen una imagen difícil de encontrar hoy en día

Se trata de La Alberca, un municipio que ha atraído durante siglos a peregrinos, escritores y viajeros. Su paisaje de montaña, entre castaños y robles, y su mezcla de influencias judías, cristianas y árabes han dejado una huella visible tanto en la arquitectura como en las tradiciones que siguen vivas

Un casco histórico que es el principal monumento

El núcleo urbano concentra buena parte del interés patrimonial. Muchas viviendas están construidas con granito, madera de castaño, barro y cal. En varios dinteles todavía pueden leerse inscripciones religiosas que, según la tradición, grabaron los conversos para afirmar su fe

La Plaza Mayor reúne algunos de los puntos más reconocibles del pueblo. Allí se alza el Crucero y también la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, terminada en 1733, donde se conserva un púlpito de granito policromado del siglo XVI

A pocos kilómetros aparece la ermita de Nuestra Señora de Majadas Viejas, en un camino rodeado de castaños y robles. La ruta forma parte del Camino de las Raíces, un recorrido circular de 9 kilómetros que enlaza la laguna de San Marcos, las ruinas de la ermita de San Marcos y varias piezas de arte contemporáneo al aire libre

Más arriba, a 1.723 metros de altitud, el Santuario de la Virgen de la Peña de Francia ofrece una panorámica amplia de la sierra. En el valle de Las Batuecas, declarado Bien de Interés Cultural en 2000, se encuentran además el convento carmelita fundado en 1599 y dieciocho ermitas repartidas entre cuevas prehistóricas

Ritos que siguen marcando la vida del pueblo

La tradición más conocida es la de la Moza de las Ánimas. Cada atardecer, una mujer vestida de negro recorre las esquinas con una esquila, la hace sonar tres veces y reza por las almas del purgatorio. Los etnólogos sitúan el origen de esta práctica hace unos cuatro siglos

La leyenda local cuenta que la noche en que se interrumpieron las plegarias, los espíritus despertaron. Desde entonces, el rezo no ha dejado de celebrarse ningún día

Otra costumbre muy arraigada es la del Marrano de San Antón. Cada 13 de junio se bendice un cerdo, se le coloca una campana y se deja libre por las calles. Durante ocho meses, los vecinos lo alimentan. El 17 de enero, en la fiesta de San Antón, se sortea y lo recaudado se destina a una ONG

Algunos historiadores vinculan esta práctica con la comunidad judeoconversa, como una forma de mostrar adhesión al cristianismo en tiempos del Santo Oficio. Una estatua de piedra junto a la iglesia recuerda al animal durante todo el año

Fiestas y cocina serrana

El calendario festivo también concentra visitantes. La celebración más destacada llega el 15 de agosto. Al día siguiente, La Loa se representa en la Plaza Mayor con una puesta en escena en la que intervienen el bien y el mal, una serpiente de siete cabezas y los arcángeles

La experiencia se completa con la gastronomía local. En las mesas aparecen jamón ibérico, chorizo, lomo y salchichón curados al aire de la sierra, además de hornazo de embutidos, cabrito cuchifrito y limón serrano. Entre los dulces sobresalen turrones, obleas y perrunillas

En la parte alta del pueblo, la Casa del Parque Natural de Las Batuecas-Sierra de Francia sirve como punto de partida para organizar rutas por el entorno. En La Alberca, paisaje, historia y tradición siguen funcionando como una sola pieza