A los 101 años, María Antonietta mira el paso del tiempo con una lucidez poco común. Desde su casa en Cerdeña, una isla asociada a las llamadas Zonas Azules, deja una reflexión que incomoda a la lógica del consumo y del deseo infinito
Cuando le preguntan si antes se vivía mejor, responde sin vueltas: “Nunca estamos satisfechos; si tenemos un dedo, queremos cuatro”. Para ella, la comodidad material creció, pero no necesariamente la tranquilidad interior
La austeridad como escuela
Su memoria vuelve a los años de la guerra, cuando su familia dependía de un pequeño huerto para alimentarse. En su casa no había agua corriente y debían ir al río con cántaros sobre la cabeza. Aun así, sostiene: “No nos faltaba nada”
Ese pasado de escasez marcó su forma de entender la vida. No había margen para elegir demasiado ni para rechazar lo que había en la mesa. Se comía lo que daba la tierra y lo que permitía el esfuerzo diario
Hoy mantiene una relación sencilla con la comida. Dice que conserva el apetito, que cumple con cada comida y que solo evita las papas crudas. El café y una copa de vino tinto forman parte de su rutina, aunque no los presenta como secretos extraordinarios
“Trabajar” como respuesta
Consultada por la clave para llegar a los 100 años, su respuesta es breve: “Trabajar”. En su caso, el trabajo no se limita a un empleo formal. También incluye cuidar la casa, producir lo necesario y resolver la vida sin depender de la tecnología moderna
Aunque admite que ya no tiene la misma fuerza, insiste en que no se siente vieja. Evita mirarse demasiado al espejo, pero conserva el humor y una actitud serena frente a los cambios que trae un siglo de vida
Su testimonio deja una idea clara: el progreso trajo comodidad, pero también una búsqueda interminable que rara vez se sacia. Para María Antonietta, la abundancia no garantiza plenitud