NUEVA YORK.- El acuerdo de Meta para pagar hasta US$17.100 millones y cerrar denuncias por el impacto de sus productos en niños y adolescentes marcó un nuevo capítulo en la discusión sobre el poder de las redes sociales. Para Jonathan Haidt, psicólogo social y autor de La generación ansiosa, la señal es clara: el clima cultural empezó a cambiar
“Estamos volviendo a meter al genio en la botella”, dijo al celebrar lo que considera un punto de inflexión entre el entusiasmo tecnológico y una mirada mucho más crítica sobre sus costos sociales
Un libro que se volvió bandera
Publicado en 2024, el libro de Haidt se convirtió en una referencia para padres, estudiantes, dirigentes políticos y figuras públicas que buscan frenar los efectos del uso intensivo de redes en menores. Su diagnóstico ayudó a empujar medidas y conversaciones en distintos estados, mientras avanzaban demandas contra Meta por presuntos daños ligados a sus algoritmos
Las acusaciones sostienen que la plataforma incentiva el desplazamiento infinito de contenido y expone a los usuarios a publicaciones que pueden agravar la ansiedad, la depresión y la dismorfia corporal. El caso se apoya en la idea de que el problema ya no es abstracto: está incrustado en hábitos cotidianos que millones de personas reconocen en su propia rutina digital
Más que una multa, una señal política
Para Haidt, el acuerdo no solo tiene peso financiero. También debilita la defensa de la empresa, que había invocado protecciones legales para limitar su responsabilidad por lo que circula en su plataforma. En marzo, Meta ya había perdido su primera causa por daños personales, y el nuevo arreglo traduce ese revés en una cifra concreta y difícil de ignorar
Aunque el movimiento contra las grandes tecnológicas suele compararse con la ofensiva contra las tabacaleras, el paralelismo no es exacto. No hay un abandono masivo de teléfonos ni de redes, pero sí una acumulación de límites y restricciones: controles de edad, bloqueos nocturnos, límites de uso y trabas a ciertos filtros de belleza
La pelea por la atención
El propio debate tiene una dimensión generacional. Algunos estudiantes de Haidt creen que la reacción llegó tarde para quienes crecieron con el teléfono en la mano y sienten ya los efectos de años de consumo compulsivo
La discusión, además, ya no gira solo en torno a los niños. Cada vez más adultos reconocen que también se sienten atrapados por las pantallas y que la pérdida de atención dejó de ser un problema ajeno. En ese punto, el acuerdo con Meta funciona menos como cierre que como aviso: la disputa por el tiempo y la concentración apenas empieza