Con el paso de los años pueden aparecer olvidos cotidianos, como extraviar las llaves, demorar en encontrar una palabra o perder los anteojos. Por sí solos, esos episodios no suelen ser una señal de alarma. La preocupación aparece cuando las dificultades empiezan a interferir en la vida diaria y se vuelven persistentes
La psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores, Yasmin Bellani, señaló que no es lo mismo olvidar un objeto que olvidar para qué sirve, ni tardar más en responder que dejar de comprender una conversación habitual. Entre los indicios que merecen atención mencionó problemas para manejar el dinero, seguir una receta conocida, orientarse en lugares familiares o repetir la misma pregunta sin recordar haberla hecho
Cuándo conviene consultar
Bellani advirtió que no hay que sacar conclusiones apresuradas. El estrés, la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño, algunos medicamentos y el aislamiento social también pueden afectar la memoria. Ante cambios sostenidos, recomendó realizar una evaluación neurocognitiva
Más que crucigramas
Durante años se creyó que los ejercicios repetitivos eran suficientes para mantener el cerebro activo. Sin embargo, la especialista remarcó que la memoria necesita estímulos más amplios. La neuroplasticidad se conserva durante toda la vida y puede seguir desarrollándose si encuentra desafíos significativos
Entre los hábitos con mejor respaldo mencionó la actividad física regular, la vida social activa, el aprendizaje de habilidades nuevas, el buen descanso, el control de la hipertensión, la diabetes y el colesterol, una alimentación saludable y la participación en tareas que exijan planificación, resolución de problemas, creatividad y toma de decisiones
“Un cerebro activo necesita una persona activa”, resumió Bellani, al destacar que no alcanza con entrenar la memoria: también hacen falta proyectos, vínculos y motivos para sostener la rutina diaria
Cómo acompañar sin infantilizar
En el entorno familiar, uno de los errores más frecuentes es responder por la persona mayor, corregirla todo el tiempo o completar sus frases. Esa dinámica puede generar malestar y hacerla sentir incapaz
La recomendación es escuchar antes de intervenir y hablar desde el respeto. En lugar de remarcar el olvido, sugirió preguntar si quiere revisar algo en conjunto. Tener dificultades de memoria no significa perder la capacidad de decidir
También subrayó la importancia de no asumir que todo olvido es demencia. Observar, registrar los cambios y consultar con un profesional permite actuar a tiempo y, en muchos casos, llevar tranquilidad cuando se trata de transformaciones esperables de la edad
La autonomía como parte de la identidad
Perder independencia no implica solo necesitar ayuda para caminar o vestirse. También supone un cambio en la identidad, porque la persona deja de hacer actividades que durante décadas definieron su vida, como manejar, cocinar para otros, salir sola, trabajar o cuidar
Por eso pueden aparecer frustración, enojo, tristeza o vergüenza. No siempre hay obstinación detrás de la resistencia a recibir ayuda: muchas veces hay dolor por la sensación de estar dejando atrás una parte de sí misma
Bellani sostuvo que ayudar no es sustituir. Si una persona todavía puede elegir su ropa, servir su desayuno o administrar su dinero con apoyo, conviene dejar que lo siga haciendo. La sobreprotección acelera la dependencia
La autonomía, explicó, se sostiene favoreciendo el movimiento, la participación social, el ejercicio físico, la estimulación cognitiva, la adaptación del hogar cuando hace falta y el acceso a espacios donde la persona mantenga intereses y vínculos. En ese marco, los centros de día aparecen como un recurso preventivo para fortalecer capacidades físicas, cognitivas, emocionales y sociales antes de que avance una dependencia mayor
El objetivo final no es solo vivir más años, sino vivirlos con sentido, participación y la mayor autonomía posible