“No fue por falta de preocupación por la humanidad, sino precisamente por esa preocupación. Tal vez ese fue el pecado”. Con esa frase, el físico estadounidense Philip Morrison resumió décadas después el conflicto moral que arrastró tras haber participado en el desarrollo y el montaje de la bomba lanzada sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945

Morrison tuvo un rol central en el Proyecto Manhattan, el programa secreto aliado para construir las primeras armas nucleares. Trabajó en Los Álamos bajo la dirección de J. Robert Oppenheimer, su antiguo profesor, y estuvo presente en la prueba Trinity, el primer ensayo atómico realizado el 16 de julio de 1945

Más tarde viajó a Tinián, al sur de Saipán, donde ayudó a ensamblar la bomba de plutonio “Fat Man”, la misma que fue cargada en un avión B-29 antes del ataque sobre Nagasaki. Según recordó, en esa base se había levantado una infraestructura descomunal para la guerra aérea: seis pistas de aterrizaje de casi tres kilómetros cada una

La escala industrial de la guerra

En su testimonio ante el Senado, Morrison describió la diferencia entre los bombardeos incendiarios convencionales y el salto tecnológico que representó la bomba atómica. Habló de enormes aviones despegando en sucesión constante, de depósitos de combustible, de ataques capaces de arrasar ciudades enteras

Pero insistió en que el dispositivo nuclear era otra cosa. No requería grandes convoyes de bombas ni equipos numerosos: bastaban unas pocas personas, barracas improvisadas y un edificio reforzado para preparar el artefacto. El despegue del avión que llevó la bomba ocurrió después de medianoche, cuando el campo estaba casi vacío

Las cifras de la devastación siguen siendo estremecedoras. Se estima que en Nagasaki murieron unas 40.000 personas en la explosión inicial y que las muertes directas superaron las 100.000 en los años siguientes. En Hiroshima, al menos 80.000 personas fallecieron al instante y el total de víctimas llegó a unas 140.000

“Todo esto por una sola bomba”

Tras la guerra, Morrison integró el equipo oficial que evaluó el daño causado por las detonaciones. Allí escuchó una frase que lo marcó para siempre: un funcionario japonés, entre las ruinas, le dijo que una sola bomba había destruido demasiadas vidas y demasiado territorio

Para Morrison, la experiencia confirmó que el poder de la bomba superaba cualquier cálculo teórico. Lo que se conocía en papeles y planillas era muy distinto de ver la muerte y la destrucción sobre el terreno

En Tinián, la noticia del ataque sobre Hiroshima fue recibida con celebración por militares y pilotos. Los científicos, en cambio, quedaron en silencio. Morrison recordó ese momento como una visión sombría del final de la guerra y, al mismo tiempo, del comienzo de una era peligrosa

La opción que no prosperó

Pese a su participación, Morrison había preferido que la bomba se mostrara primero en una demostración pública, sin usarla contra una ciudad japonesa. Junto con otros jóvenes físicos de Los Álamos, planteó la idea de invitar a observadores internacionales al desierto. Para él, sin embargo, en plena guerra esa alternativa ya no tenía chances reales

También sostuvo que la decisión se volvió casi irreversible con la muerte de Franklin D. Roosevelt en abril de 1945. A su juicio, el presidente era la única figura con suficiente peso político para detener la inercia del programa. Cuando Harry S. Truman asumió el cargo, ni siquiera conocía el proyecto y debió decidir sobre los bombardeos apenas tres meses después

Morrison creyó además que faltó una señal de freno tras Hiroshima. Según explicó, no se pensó en lanzar una bomba y esperar el resultado antes de enviar la segunda. La orden, dijo, fue avanzar con la siguiente lo antes posible

El arrepentimiento y la advertencia

Con el paso de los años, Morrison se convirtió en profesor del MIT y en una voz activa contra la proliferación nuclear. Formó parte del movimiento que alertaba sobre el riesgo de una nueva carrera armamentista y defendió que los Aliados debieron emitir una advertencia clara antes de usar la bomba

Su balance final fue duro: no encontró justificación para no haber dado un aviso oportuno y adecuado. Aunque nunca imaginó abandonar el proyecto durante la guerra, sí dejó una conclusión que resume el peso de aquella experiencia: la humanidad conocía las cifras, pero no había comprendido todavía la realidad del desastre que acababa de abrirse