Robert Montgomery sufrió su primer paro cardíaco en 2010, mientras recorría un sendero de montaña en la Patagonia. Tenía 50 años. Cayó sobre la nieve y permaneció unos segundos sin signos vitales, hasta que el desfibrilador implantado en su pecho descargó electricidad y recuperó su ritmo cardíaco

El episodio confirmó lo que Montgomery ya sabía como cirujano de trasplantes: el corazón con el que había nacido estaba fallando y, tarde o temprano, necesitaría uno nuevo. El problema era que todavía no estaba lo suficientemente enfermo para ingresar en la lista de espera

En Estados Unidos se realizan alrededor de 50.000 trasplantes de órganos cada año, pero solo unos pocos miles corresponden a corazones. La escasez es tal que muchos pacientes recién pueden ser evaluados cuando se encuentran internados y cerca de la muerte

“Es una posición terrible”, explicó Montgomery al recordar aquellos años. Para recibir un corazón debía acercarse al límite de la vida, aunque también podía morir antes de alcanzar ese punto

Una enfermedad familiar

Montgomery decidió dedicarse a la medicina durante su adolescencia, cuando su padre, Lawrence, desarrolló una miocardiopatía dilatada. La enfermedad agranda las cavidades del corazón y puede causar insuficiencia cardíaca, arritmias, paros y muerte súbita

Lawrence empeoró progresivamente y sufrió daño cerebral después de un paro cardíaco. En 1976, cuando murió, Bob Montgomery tenía 16 años y ya había resuelto convertirse en médico. El trasplante cardíaco era entonces una alternativa novedosa, aunque todavía ofrecía resultados limitados

Once años después, durante su residencia quirúrgica en Johns Hopkins, recibió otra noticia devastadora. Su hermano Rich, de 35 años y padre de dos hijos, murió mientras practicaba esquí acuático. Los estudios revelaron que también padecía miocardiopatía dilatada, probablemente por una mutación genética

Montgomery fue examinado y descubrió que había heredado la misma afección. Su carrera como cirujano quedó en duda: un desmayo o una arritmia durante una operación podían poner en riesgo a sus pacientes

Los medicamentos no lograron controlar su ritmo cardíaco y optó por recibir un desfibrilador automático implantable. Más tarde se trasladó con su entonces esposa a Oxford, Inglaterra, para estudiar inmunología y comenzar un doctorado, una alternativa por si no podía completar la formación quirúrgica

Durante ese período, rescató a un bebé atrapado en un automóvil volcado. Mientras sacaba al niño, el esfuerzo provocó que el dispositivo le aplicara tres descargas. Montgomery entendió que tendría que aprender a controlar sus reacciones físicas ante el estrés si quería seguir operando

Durante años practicó técnicas de respiración y visualización para reducir la adrenalina y evitar que su corazón entrara en arritmia. En 1992 volvió a Johns Hopkins decidido a especializarse en trasplantes

Innovaciones para conseguir más órganos

Como todavía se realizaban pocos trasplantes de corazón, Montgomery concentró su trabajo en hígados, páncreas y, especialmente, riñones. Participó en el desarrollo de una técnica mínimamente invasiva para extraer riñones de donantes vivos, con la expectativa de que más personas aceptaran donar

La estrategia permitió beneficiar primero a numerosos niños que aguardaban un órgano. En 2001, Montgomery puso en marcha un programa de intercambio entre parejas de donantes y receptores incompatibles

El sistema dio lugar a las llamadas cadenas de donación dominó. Un donante altruista entregaba un riñón a un desconocido y el donante incompatible de esa persona hacía lo mismo con otro receptor. En 2010, una cadena de ocho donaciones le permitió figurar en el libro Guinness por la mayor cantidad de trasplantes de órganos realizados en un día

Su estilo poco convencional le valió el apodo de “vaquero” entre algunos colegas. Llevaba el pelo largo, un bigote espeso y, en ocasiones, botas de ese estilo bajo el uniforme médico

También trabajó en métodos para reducir el rechazo en pacientes con alto riesgo y respaldó el uso de riñones provenientes de donantes con VIH para receptores que también tenían el virus. La legislación federal estadounidense debió modificarse y esa práctica terminó incorporándose a la atención habitual

En 2016, NYU Langone Health lo contrató para crear un programa de trasplantes de referencia. Montgomery se mudó a Manhattan con su esposa, la cantante de ópera Denyce Graves, y la hija de ambos. Además, tiene tres hijos de relaciones anteriores

Cuando el cirujano se convirtió en paciente

Pocos colegas y pacientes conocían la gravedad de su enfermedad. Montgomery temía que la vulnerabilidad de un médico pudiera modificar la relación con quienes atendía

En 2017 volvió a la Patagonia junto con sus hijos John y Max. Allí sufrió otro paro cardíaco. Como el hospital más cercano estaba a casi una hora, John debió practicarle compresiones en el asiento trasero de un Jeep durante el traslado

Montgomery permaneció más de un mes en un coma inducido y fue trasladado en avión a Nueva York. Al despertar tuvo que reaprender a caminar, hablar y comer. Después de esa experiencia concluyó que podía morir antes de ser admitido en la lista de espera

Meses más tarde su corazón se detuvo durante una función de School of Rock, en Broadway. Recibió reanimación en un pasillo. En septiembre de 2018 sufrió cuatro paros consecutivos durante una conferencia médica en Italia y recibió la extremaunción

Esta vez, sin embargo, su estado era lo suficientemente grave para ingresar en la lista de espera y quedar entre los primeros candidatos. Contra la recomendación médica, regresó a Nueva York acompañado por un amigo médico y fue internado en la unidad de cuidados intensivos de NYU Langone

Antes del amanecer del 20 de septiembre recibió la llamada que esperaba. Había un corazón disponible. El donante había muerto por una sobredosis de heroína y el órgano estaba infectado con hepatitis C

El trasplante implicaba riesgos adicionales: el programa cardíaco del hospital era reciente y el uso de corazones con hepatitis C todavía formaba parte de investigaciones clínicas. Montgomery había recomendado esa alternativa a sus propios pacientes porque el virus podía tratarse con medicamentos. Por eso decidió aceptarla

La operación duró seis horas. Dos días después, mientras la mayoría de los receptores cardíacos todavía enfrenta una recuperación compleja, Montgomery ya revisaba casos desde su cama

El salto hacia los órganos de cerdo

Después de recibir el corazón, Montgomery consideró insuficientes sus esfuerzos para ampliar la disponibilidad de órganos humanos. A su juicio, mejorar los sistemas existentes no resolvería la falta estructural de órganos para las personas con insuficiencia terminal

Los experimentos con animales habían demostrado que órganos de cerdos modificados genéticamente podían trasplantarse a monos. Montgomery decidió avanzar hacia las pruebas en humanos

En el otoño de 2021 anunció el primer trasplante de un riñón de cerdo modificado genéticamente a una persona con muerte cerebral. El animal había sido desarrollado por United Therapeutics y se le había eliminado un gen relacionado con el rechazo inmunológico

El riñón no fue rechazado: produjo orina y eliminó desechos durante 54 horas, el período autorizado por el comité de ética del hospital. El resultado abrió una nueva etapa para la xenotrasplantación

En los años siguientes, equipos de Maryland y Boston trasplantaron riñones y corazones de cerdo a un pequeño grupo de pacientes vivos con enfermedades terminales y sin otras alternativas. Aunque murieron meses después por sus afecciones de base, ninguno sufrió el rechazo inmunológico fulminante que suele destruir un órgano extraño

Poco antes del Día de Acción de Gracias de 2024, Montgomery trasplantó un riñón de cerdo modificado a Towana Looney, una mujer de Alabama de 53 años. Sin diálisis, Looney recuperó energía, pudo caminar largas distancias por Nueva York y volvió a comer sin las náuseas que padecía desde hacía años. Vivió más de cuatro meses con el órgano

La Administración de Alimentos y Medicamentos autorizó posteriormente ensayos clínicos con órganos de cerdo para pacientes muy enfermos que tienen pocas posibilidades de recibir un riñón humano. Montgomery dirige dos de esos estudios

Una nueva vida, sin dejar de operar

Desde su trasplante, el cirujano habla con mayor franqueza sobre su propia experiencia. Cree que haber sido paciente fortaleció la confianza de quienes atiende

En una de sus recorridas recientes visitó a Steve Setteducati, de 65 años, a quien había trasplantado un riñón esa misma semana. Setteducati estaba por recibir el alta, aunque sentía un dolor intenso en una pierna

En lugar de permanecer de pie junto a la cama, Montgomery se sentó frente a él, le acercó agua y sus medicamentos y le aseguró que el dolor mejoraría. El riñón había sido donado por el hijo del paciente

A los 66 años, Montgomery mantiene una agenda intensa. Sabe que los órganos trasplantados no siempre duran toda la vida, pero dice sentirse como una persona nueva desde la operación

Desde entonces pescó salmón en Alaska con su hijo John, viajó a África con Graves para celebrar la jubilación de ella y colaboró con cirujanos renales en Ucrania. Cada mañana camina 3,2 kilómetros hasta el trabajo. Sale antes de las seis para llegar a tiempo a las rondas de pacientes