En el año 541, una enfermedad devastadora entró en Constantinopla y convirtió a la capital imperial en el epicentro de la primera gran pandemia documentada de la historia. Con el paso de los meses y las reapariciones posteriores, la plaga de Justiniano dejó entre 25 y 50 millones de muertos y alteró el equilibrio político y social del Mediterráneo
La bacteria responsable fue Yersinia pestis, identificada siglos después gracias al análisis de ADN antiguo. Su origen probable se sitúa en Asia Central, cerca de las montañas Tian Shan, desde donde avanzó por rutas comerciales terrestres y marítimas hasta llegar al noreste de África. Pelusium, en el delta del Nilo, fue la primera puerta de entrada conocida al mundo romano
Un contagio ligado al comercio imperial
El mecanismo de propagación fue simple y letal. Las ratas negras que viajaban en los barcos de grano transportaban pulgas infectadas. En Constantinopla, los almacenes rebosaban cereal procedente de las provincias africanas y ofrecían el entorno ideal para que los roedores se multiplicaran. Cuando las ratas morían, las pulgas saltaban a nuevos huéspedes y el contagio alcanzaba a las personas
Procopio de Cesarea, testigo directo de la crisis, describió fiebre repentina, bubones en ingles, axilas y cuello, además de delirios y alucinaciones. Sus cifras sobre la mortalidad más alta probablemente exageran la realidad, pero los estudios actuales coinciden en que la ciudad llegó a sufrir unas 5.000 muertes diarias en el momento más duro
Al final del brote, había muerto entre el 20% y el 40% de la población de la capital
Una capital paralizada
La gestión de los cadáveres desbordó por completo al poder imperial. Justiniano I ordenó abrir fosas masivas, pero pronto quedaron llenas. Las crónicas relatan que los cuerpos llegaron a acumularse en las torres de las murallas, cubiertos con cal viva para acelerar su descomposición
La vida urbana se frenó de golpe. Cerraron los mercados, faltaron alimentos y se quebró el orden público. El campo también sufrió: la pérdida de mano de obra provocó el abandono de cultivos en amplias zonas del Mediterráneo oriental, encareció el grano y hundió la recaudación fiscal
El golpe que frenó la expansión bizantina
La dimensión militar fue igual de grave. El ejército bizantino quedó debilitado justo cuando Justiniano perseguía su gran proyecto de restauración imperial. Sus tropas habían derrotado a los vándalos en el norte de África y avanzaban en Italia contra los ostrogodos
Esa fragilidad abrió nuevas oportunidades a sus enemigos. En 568, los lombardos invadieron el norte de Italia y expulsaron a las guarniciones imperiales, una pérdida territorial que marcaría la región durante siglos. Para algunos historiadores, la plaga de Justiniano simboliza el paso de la Antigüedad tardía a la Edad Media
El imperio que sobrevivió al siglo VI era más pequeño, más pobre y más vulnerable. En el siglo VII, los ejércitos árabes arrebataron Egipto y Siria, las provincias más ricas de Oriente, en una expansión que encontró a Bizancio debilitado por décadas de crisis