Las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas atraviesan una etapa de fuerte presión. El escenario internacional cambió, las misiones se prolongan, los costos crecen y el Consejo de Seguridad enfrenta bloqueos que complican la autorización y renovación de los operativos
Conocidos como Cascos Azules, estos despliegues se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles del sistema multilateral. Sin embargo, fueron pensados para una arquitectura geopolítica muy distinta de la actual y hoy surge una duda central: si siguen siendo una herramienta eficaz para contener conflictos del siglo XXI
Un mecanismo nacido de la práctica
La Carta de San Francisco no creó de manera expresa a los Cascos Azules. Su desarrollo fue gradual, a partir de 1948, con la misión Untso en Medio Oriente, y luego en la crisis de Suez de 1956, con la UNEF I
Desde entonces, quedaron ubicados en una zona intermedia entre el arreglo pacífico de controversias y las medidas coercitivas del Consejo de Seguridad. Por eso suelen ser descritos como una fórmula de “Capítulo VI y medio”
Esa flexibilidad ayudó a consolidarlos. A lo largo de la historia se realizaron 71 misiones, con cientos de miles de efectivos bajo bandera de la ONU
Mandatos más difíciles, recursos más ajustados
El problema es que los conflictos actuales ya no se parecen a los de décadas pasadas. Las misiones operan en escenarios con actores armados no estatales, enfrentamientos híbridos, terrorismo, amenazas transnacionales y crisis humanitarias persistentes
También pesan las finanzas. El mecanismo costará 5380 millones de dólares en 2026, en un contexto en el que la ONU necesita financiamiento más estable y previsible
La propia conducción de Naciones Unidas viene planteando la necesidad de una transformación profunda. La agenda Acción por el mantenimiento de la paz, junto con su actualización, insiste en mandatos más realistas y en una planificación más sostenible
Hacia misiones más selectivas
Entre las ideas que ganan terreno aparece la de una paz más selectiva y regionalizada. No se trataría solo de incorporar tecnología o de modernizar procedimientos, sino de definir qué tipo de paz puede sostener realmente la ONU
Eso implica revisar las 11 operaciones activas, que involucran a 70.000 efectivos militares y civiles. Algunas podrían evolucionar hacia funciones de observación; otras requerirían refuerzos importantes o incluso un cierre si no existen condiciones políticas para una salida duradera
También se propone una cooperación mayor con organismos regionales para repartir cargas operativas y financieras en escenarios donde la ONU tiene capacidades limitadas
El límite político del modelo
Una de las grandes paradojas es que los Cascos Azules no actúan en algunos de los conflictos que más pesan en la geopolítica actual, como Ucrania, Irán o Gaza. Esa ausencia exhibe los límites diplomáticos y jurídicos del sistema
Con un Consejo de Seguridad condicionado con frecuencia por intereses contrapuestos, la ONU corre el riesgo de ver debilitada una de sus herramientas más importantes
La pregunta de fondo ya no es si el mundo necesita Cascos Azules, sino si el sistema de seguridad colectiva nacido tras la Segunda Guerra Mundial todavía puede responder con eficacia a las amenazas del siglo XXI