Un relevo con apellido
En 2015, Cristina Kirchner rechazó que le preguntaran por su favorito para la sucesión: dijo que pensar en favoritos era propio de las monarquías. Meses después, sin embargo, definió la fórmula oficialista
Años más tarde, volvió a apoyarse en una lógica parecida al impulsar a Máximo Kirchner como figura de recambio dentro del kirchnerismo, convertido ahora en una pieza central de la campaña por la libertad de su madre
El hijo mayor de los Kirchner llega a ese lugar con una trayectoria política sostenida por el apellido, por el aparato partidario y por el peso simbólico de una familia que hizo de la herencia una herramienta de poder. Fue jefe de La Cámpora, presidió el PJ bonaerense y transita su tercer mandato como diputado
Herencias políticas en la región
El fenómeno no es exclusivo de la Argentina. En Perú, Keiko Fujimori heredó la centralidad política de su padre; en Brasil, Flávio Bolsonaro busca capitalizar el legado de Jair Bolsonaro. Pero en la política argentina los hijos de presidentes rara vez lograron llegar a la cima. El antecedente más claro sigue siendo Roque Sáenz Peña, que alcanzó la presidencia tras superar la sombra de su padre
La historia de los Sáenz Peña muestra, además, que los liderazgos no se transfieren por decreto. Roque llegó al poder cuando su padre ya había muerto, después de haber quedado afuera de una pulseada que parecía destinada a él. La política, otra vez, se inclinó por el tiempo propio de cada figura y no por la lógica dinástica
Proscripción no es condena
La comparación que hoy intenta instalar el kirchnerismo con la proscripción del peronismo entre 1955 y 1973 tiene una base débil. En aquellos años hubo dictaduras, partidos prohibidos y presión militar sobre gobiernos civiles. Frondizi e Illia convivieron con tutelas castrenses permanentes y el regreso de Perón se produjo en un contexto excepcional, bajo condiciones impuestas por Lanusse
Pero una inhabilitación judicial en democracia no equivale a una proscripción política. En el caso de Cristina Kirchner intervinieron 19 funcionarios judiciales, de los cuales 12 fueron designados por gobiernos peronistas, incluidos Néstor y la propia Cristina
Presentar ese proceso como una conspiración ideológica implica confundir el funcionamiento del Estado de derecho con una persecución incompatible con la democracia
La estrategia del victimismo
La denuncia ante organismos internacionales busca menos un resultado inmediato que una narrativa: la de una expresidenta perseguida. El objetivo es consolidar dentro del país la idea de que Cristina Kirchner está proscripta y sostener, sobre esa base, una candidatura simbólica que preserve su liderazgo
El problema es que esa construcción depende de una mezcla inestable de memoria selectiva, omisiones y analogías forzadas. La política argentina ya mostró que el poder no se hereda por simple parentesco y que las ficciones de continuidad suelen chocar con la realidad. En ese marco, la apuesta por Máximo Kirchner funciona más como una señal de reemplazo que como una sucesión verdadera
Por ahora, la candidatura que se perfila es apenas eso: una forma de mantener viva la centralidad de Cristina, aun cuando el marco judicial y político le impida volver a ocupar un cargo