La disputa entre Estados Unidos y China volvió a poner a la Argentina en el medio de una pulseada que no diseñó. Washington endurece su estrategia para frenar la expansión china en América Latina, pero el problema para Buenos Aires no es solo externo: es también la tentación de alinearse sin discutir el precio político y económico de esa decisión

Una rivalidad que no es argentina

En las últimas semanas, el embajador estadounidense Peter Lamelas quedó en el centro de la escena por sus presiones sobre una cooperativa argentina para que no contratara a Huawei y por sus advertencias sobre visas. Luego sumó declaraciones sobre Vaca Muerta, la seguridad de los datos y las inversiones de su país, en un tono que vinculó esas definiciones con la seguridad nacional

La línea de fondo es clara: cada potencia puede defender sus intereses, pero la seguridad nacional argentina no puede ser definida desde afuera. El punto sensible no es la existencia de intereses extranjeros, sino el silencio oficial cuando esas presiones alcanzan decisiones que corresponden a las instituciones locales

El tablero global cambió

El conflicto tampoco se limita a lo diplomático. Un informe reciente de la Oficina de Política Comercial y Manufacturera de la administración Trump incluyó a la Argentina entre más de 40 países observados como posibles nodos para triangular productos chinos y eludir aranceles. Brasil aparece en una categoría todavía más sensible

Ese mapa forma parte de una estrategia más amplia de Estados Unidos para reafirmar su peso en el hemisferio occidental. Pero la competencia de este siglo ya no se juega solo en lo militar: abarca telecomunicaciones, inteligencia artificial, datos, puertos, minerales críticos, energía, infraestructura y cadenas de suministro

La paradoja de la rivalidad administrada

Mientras Argentina parece absorber la pelea entre Washington y Beijing, las dos potencias muestran que están dispuestas a gestionar su competencia. Tras el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing, ambas partes impulsaron una relación de “estabilidad estratégica constructiva” y crearon instancias para ordenar comercio e inversiones

Según datos oficiales chinos, unas 80.000 empresas estadounidenses operan en ese país. Esa trama de intereses cruzados hace muy costoso un desacople total. Las dos potencias compiten, pero cuando lo necesitan también negocian. Argentina, en cambio, corre el riesgo de pagar los costos de una confrontación que sus protagonistas no parecen dispuestos a llevar hasta el final

Huawei, Vaca Muerta y el sesgo ideológico

Huawei es un ejemplo útil para entender la lógica de fondo. La empresa está en Argentina desde 2001 y forma parte del entramado de telecomunicaciones. Cualquier proveedor debe cumplir estándares de seguridad, pero otra cosa muy distinta es excluirlo por presión de una potencia extranjera

Además, la experiencia tecnológica muestra un efecto conocido: cada restricción fuerte aplicada por Estados Unidos empujó a la empresa y al ecosistema chino a buscar sustitutos, invertir más en investigación y ganar autonomía. El cerco no frenó el avance; en varios casos, lo aceleró

El problema argentino se agrava porque el alineamiento automático con Washington coincide con un deterioro de los vínculos con Brasil y China, los dos principales socios comerciales del país por volumen total de intercambio. Brasil es además el principal socio industrial, y el Mercosur sigue siendo clave para muchas manufacturas locales

Menos competencia, más dependencia

La tensión también aparece en decisiones concretas. La licitación del Belgrano Cargas incluye restricciones a empresas controladas por Estados extranjeros, una cláusula leída como un freno directo a China. El resultado puede ser menos oferentes, mayor costo y una competencia más débil

La selectividad es llamativa: mientras se endurecen filtros para compañías chinas, se celebran otros acuerdos con empresas estatales de distintos orígenes, como el proyecto Argentina LNG con YPF, Eni y XRG, vinculada a ADNOC. El debate ya no parece girar solo en torno al capital estatal, sino a qué países resultan políticamente aceptables

La contradicción es mayor porque parte de la modernización del Belgrano Cargas se hizo con financiamiento y equipamiento chino. Y China ya está muy presente en sectores estratégicos argentinos, desde Vaca Muerta hasta bienes de capital asociados al RIGI

La pregunta de fondo

El país corre el riesgo de combinar alineamiento geopolítico con Washington, dependencia industrial de Beijing y una economía cada vez más primarizada. Exporta alimentos, energía y minerales; importa manufacturas, maquinaria y tecnología. Ese esquema debilita capacidades propias y reduce margen de decisión

La referencia a la experiencia brasileña muestra otro camino posible: usar la relación con China para atraer inversión productiva, desarrollar cadenas industriales y avanzar en áreas como energía, espacio, inteligencia artificial y nuevas tecnologías

La salida no puede ser reemplazar una dependencia por otra. La alternativa es recuperar autonomía, diversificar vínculos, exigir transferencia tecnológica e incorporar proveedores locales. En vez de aceptar una nueva división del mundo en áreas de influencia, Argentina debería ampliar opciones y construir su propio margen de maniobra

Sabino Vaca Narvaja, exembajador argentino en China, plantea en ese sentido una advertencia central: mientras algunos intentan reconstruir viejos límites, Beijing lleva décadas preparándose para el mundo que viene. La decisión argentina es si seguirá eligiendo tutelas o empezará a diseñar su propio lugar en ese escenario