La inteligencia artificial fue presentada como una herramienta capaz de aliviar la carga laboral y abrir paso a semanas más cortas. Sin embargo, en varias de las grandes tecnológicas que más invierten en esta promesa, muchos empleados describen un escenario opuesto: más horas, más presión y menos margen para desconectarse

En ese contraste aparece una paradoja central. Mientras los ejecutivos hablan de eficiencia y de una posible reducción de la jornada, quienes desarrollan y aplican esos sistemas aseguran que el ritmo interno se volvió más intenso y que las exigencias crecieron al mismo tiempo que la ambición por avanzar más rápido

Promesas de menos horas, realidad de sprints interminables

Hace años que algunos líderes del sector sostienen que la IA permitirá trabajar menos. Incluso se llegó a plantear que la semana de cuatro días podría volverse posible gracias a estos avances. A comienzos de este año, otra gran empresa tecnológica también alentó a experimentar con ese esquema sin recorte salarial, bajo la idea de que la automatización hará más rápido gran parte del trabajo humano

Pero los testimonios de exempleados muestran otra cara. Un exmiembro del equipo técnico de una de estas compañías dijo que nunca vio aplicarse una semana de cuatro días y que, en cambio, predominaban las jornadas agotadoras, las reuniones de crisis y el trabajo durante fines de semana. También describió evaluaciones de desempeño extremadamente duras, con riesgo de despidos repentinos

Según ese relato, era habitual tener que volver a trabajar sábado o domingo solo para ponerse al día o revisar que nada estuviera fallando

Más productividad, menos plantilla

Otras empresas del sector también sostienen que la IA está cambiando la forma de trabajar. Algunas resaltan que sus sistemas pueden operar durante horas sin intervención humana; otras afirman que la automatización permite que menos personas hagan tareas que antes requerían equipos más grandes

Ese proceso, sin embargo, vino acompañado de recortes. En una de las compañías más influyentes del sector, se eliminó alrededor de uno de cada diez puestos de trabajo. Al mismo tiempo, directivos de otra firma del rubro han advertido que el salto en productividad podría traducirse en una nueva reducción del empleo

En la práctica, varios trabajadores del sector tecnológico en Estados Unidos aseguran que ya superan con facilidad la semana estándar de 40 horas. Un exintegrante de una empresa especializada en IA contó que llegó a trabajar 70 horas semanales, muy por encima de sus empleos previos. Hoy, en otra startup del mismo rubro, dice que su carga se ubica entre 50 y 60 horas cuando no está en fases intensivas de desarrollo

La cultura del sprint y la presión permanente

En el desarrollo de productos de IA, los llamados sprints marcan períodos de trabajo especialmente exigentes antes de un lanzamiento. En algunas compañías, esos ciclos pueden extenderse durante semanas y superar incluso las 90 horas de trabajo en siete días, de acuerdo con testimonios de empleados

Dentro de una de las mayores plataformas tecnológicas, trabajadores actuales y antiguos señalaron que este año muchos fueron reasignados de forma abrupta a equipos enfocados en proyectos urgentes de inteligencia artificial. Uno de ellos describió esa práctica como un reclutamiento forzoso, porque el cambio no ofrecía una opción real de rechazo

La sensación general, según esos relatos, es la de estar siempre de guardia: con trabajo nocturno, fines de semana ocupados y una presión constante por responder a objetivos cambiantes

Un marco laboral más flexible, pero más duro

En Estados Unidos no existen límites legales generales sobre la cantidad de horas que puede trabajar una persona mayor de 16 años. En el Reino Unido y en Europa, en cambio, la semana laboral está regulada con un tope de 48 horas, incluidas las horas extra

Los proyectos actuales de IA en estas compañías abarcan desde herramientas para programar hasta infraestructuras automáticas capaces de medir si los modelos replican tareas humanas con éxito. Para algunos empleados, esa dinámica se volvió interminable: una carrera por producir más rápido en un entorno donde la promesa de trabajar menos todavía no se cumplió