La mayoría de los argentinos cree contar con buenas capacidades cognitivas. Siete de cada diez consultados dijeron confiar en su habilidad para aprender cosas nuevas, y ese nivel de autopercepción aparece también en la concentración y la adaptación a los cambios
Pero esa confianza convive con una señal de alarma: los hábitos que ayudan a sostener el funcionamiento del cerebro están lejos de los mínimos recomendados. La actividad física, el descanso y la alimentación muestran déficits extendidos en la población relevada
Un activo para medir y mejorar
El relevamiento formó parte de una primera aproximación a indicadores vinculados con el llamado capital cerebral, un concepto que entiende las capacidades mentales de una población como un recurso estratégico. La idea es que puede fortalecerse con políticas públicas y traducirse en más bienestar, productividad e innovación
La encuesta telefónica incluyó a 1050 personas de entre 18 y 70 años residentes en Ciudad de Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Mendoza, Rosario y San Miguel de Tucumán
El capital cerebral se organiza en tres ejes: las habilidades cerebrales, la salud cerebral y los factores impulsores, entre ellos los hábitos de vida y el nivel educativo y socioeconómico
Hábitos débiles, confianza alta
El punto más frágil aparece en los hábitos cotidianos. Solo el 24% dijo cumplir con los 150 minutos semanales de actividad física moderada sugeridos por la OMS. Además, el 47% duerme menos de siete horas por noche y apenas el 29% incorpora frutas y verduras todos los días
En contraste, la percepción sobre las propias capacidades se mantiene alta: el 70% confía en aprender cosas nuevas, el 65% en concentrarse y el 56% en adaptarse a los cambios
Para el equipo que elaboró el informe, esa distancia entre la autoimagen positiva y la dificultad para sostener rutinas saludables resume el principal desafío del capital cerebral en el país
Brechas según educación y nivel social
Las diferencias se amplían cuando se mira el nivel socioeconómico y educativo. Entre los sectores medio-altos, el 70% consideró tener acceso a oportunidades de aprendizaje continuo, mientras que en los niveles bajos ese porcentaje cayó al 49%
Algo similar ocurrió con la salud mental percibida: el 58% de los grupos medio-altos la calificó como buena, frente al 38% de los sectores bajos. En apoyo social pleno, la brecha fue de 73% contra 55%
La educación también marcó diferencias en los hábitos. Entre quienes completaron el secundario o menos, solo el 17% alcanzó el mínimo de actividad física recomendado; entre universitarios, ese valor subió al 29%. En consumo diario de frutas y verduras, la distancia fue de 15% a 37%
Un problema transversal
El nivel de ingresos, en cambio, no mostró una diferencia clara en el déficit de actividad física, sueño y alimentación, que aparece extendido en todos los sectores analizados. El descanso insuficiente, en particular, se repite en los distintos grupos por igual
La confianza en las propias capacidades, por su parte, se mantuvo alta y pareja en todos los niveles socioeconómicos, educativos y etarios. El diagnóstico deja una tensión visible: hay una fuerte percepción de fortaleza cognitiva, pero faltan conductas sostenidas para protegerla y potenciarla