Para llegar a Pueblo hay que caminar unos metros. La chocolatería no está sobre una avenida principal ni tiene una gran vidriera: una ligustrina y unos jazmines conducen hasta la antigua cochera de una casona de Los Cardales, en la provincia de Buenos Aires
Allí, donde años atrás atendía un odontólogo de la zona, Marcelo Flores recibe a quienes llegan en busca de bombones, marroc, alfajores y milhojas de chocolate. Tiene 48 años y, antes de dedicarse al oficio, trabajaba en publicidad
“Ser chocolatero es el mejor oficio del mundo”, afirma. Su emprendimiento creció principalmente gracias a las recomendaciones de sus clientes: “Nuestra mejor publicidad siempre fue el boca en boca”
Una mudanza en busca de tranquilidad
A fines de 2014, Flores dejó la ciudad y se mudó a Los Cardales junto con su mujer y sus dos hijas. Durante años había buscado un lugar rodeado de naturaleza para criar a su familia. También evaluó La Cumbre, Tandil y Pinamar
La decisión terminó de definirse durante unas vacaciones de otoño. La vida cotidiana del pueblo los convenció: el descanso después del almuerzo, el sentido de comunidad y un ritmo más tranquilo coincidían con lo que estaban buscando
Una vez instalado, Flores quiso cambiar de actividad, aunque tenía claro que debía conservar el costado creativo de su trabajo. Primero pensó en desarrollar un proyecto gastronómico, pero ninguna idea terminaba de cerrarle. Entonces apareció el chocolate
“El rompecabezas que tenía en mi cabeza empezó a encajar. En ese momento no había ninguna en la zona. Quería ofrecer el mejor a un precio conveniente”, recuerda
Aprender el oficio desde cero
Para prepararse, estudió y realizó cursos en el IAG. También pasó incontables horas frente a tutoriales sobre templado, trufas y moldes. Se define como “un autodidacta apasionado”
Para él, la técnica del templado es la base del oficio. “Una vez que sabés hacerlo bien se te abren infinitas posibilidades”, sostiene
Flores no heredó recetas familiares ni proviene de una tradición chocolatera. Sus creaciones nacieron de sus propios gustos y recuerdos. “Todo es honesto, genuino y lo comparto porque a mí me encanta. Yo empecé la historia familiar con el chocolate”, explica
Pueblo, una chocolatería con identidad propia
Después de atravesar una etapa de pruebas y errores, abrió Pueblo el 1 de julio de 2016, en la calle Estrada 25. El nombre resume la decisión de instalarse con su familia en una localidad tranquila y, al mismo tiempo, conserva una regla que Flores aprendió en el marketing: debe ser breve y fácil de recordar
Los primeros meses fueron exigentes. La clientela llegó de manera gradual, pero quienes probaban sus productos regresaban y los recomendaban. Con el tiempo, la chocolatería se ganó un lugar entre los vecinos y los visitantes de la zona
Recuerdos de la infancia en cada producto
El marroc artesanal es uno de los productos más buscados. Flores lo creó como un homenaje al chocolate que comía durante su infancia y asegura que algunos clientes llegan especialmente para llevarse más de medio kilo
El alfajor clásico de chocolate y dulce de leche recuerda al que consumía durante los recreos escolares. También hay una versión de mousse inspirada en Suchard y nueces con dulce de leche bañadas en chocolate, nacidas a partir de un recuerdo de Fiambalá, en Catamarca
Entre las incorporaciones más recientes se encuentran dos versiones de la Tita: una clásica de limón y otra propia, con pasta de avellanas. “Son homenajes a los sabores de la vida que me marcaron y me han hecho muy feliz”, reconoce
Los alfajores ocupan un lugar especial en la propuesta. Flores esperó varios años antes de incorporarlos, hasta encontrar una receta que estuviera a la altura del resto de sus productos. Los prepara con dulce de leche y mousse, bañados en chocolate negro o blanco, y cada unidad pesa entre 85 y 90 gramos
“El alfajor es el amor de mi vida. Tenía que estar a la altura de los chocolates y bombones”, dice. Se elaboran de manera artesanal y se bañan a mano, uno por uno. Algunos clientes incluso los llevaron en sus viajes desde Tokio hasta Londres
Trufas, bombones y el trabajo artesanal
La oferta también incluye tabletas, barritas, bombones y trufas. Entre estas últimas se destaca la de limón, elaborada con frutos del árbol de Flores, ganache, chocolate blanco y coco rallado. Él la define como “una lemon pie para astronautas”
También prepara bombones de chocolate amargo con menta, chocolate con leche y pasta de avellanas, y chocolate blanco con frutos rojos. Otro clásico es el milhojas, formado por cinco capas: tres de chocolate y dos de dulce de leche
La elaboración se realiza íntegramente en el local. En el pequeño laboratorio, Flores trabaja junto a Nati y Ro, sus dos empleadas. Juntos prueban recetas y escuchan las sugerencias de los clientes, muchos de los cuales ya son considerados amigos de la casa
La chocolatería recibe habitués desde hace una década y también fue visitada por los hermanos Petersen, Christian y Roberto, además de Carlos Bianchi, reconocido como un fanático de sus chocolates
Calidad y una pausa al estilo del pueblo
Pueblo funciona prácticamente todos los días, excepto los domingos por la tarde. Ese momento de descanso es parte de la identidad del emprendimiento. “Nos tomamos unas horas de descanso. Bien de pueblo”, bromea Flores
La calidad de las materias primas es una condición innegociable. Antes de abrir, estudió distintos proveedores de chocolate, dulce de leche y frutos secos hasta elegir los productos que consideraba mejores. “No ahorro en calidad”, asegura
Los huevos de Pascua se preparan con el mismo chocolate utilizado para los bombones. Por eso, Pascua, el Día de la Madre, San Valentín y Navidad se encuentran entre las fechas de mayor actividad
Flores sueña con ampliar el local sin perder el espíritu que lo distingue. Cuando viaja, visita chocolaterías y tiendas de alfajores para buscar nuevas ideas. Mientras tanto, continúa probando sus propias creaciones y trabajando para el pueblo que lo recibió hace una década
“No vendo humo, vendo el chocolate que me gusta. Es una forma de compartir felicidad”, concluye