Marcela Ivars aprendió desde chica que una familia no siempre responde a un modelo único. Nació en Los Polvorines, creció entre San Isidro, Mar del Plata y Miramar, y fue criada por una madre soltera que decidió seguir adelante con ella
En el jardín de infantes, una compañera le señaló que no tenía padre. La observación la impactó y la llevó a preguntarle directamente a su madre si era cierto. Tiempo después, su padre llegó desde Miramar: fue quien le dio el apellido y a quien reconoce como su verdadero padre
Una infancia entre mudanzas y sueños
A los nueve años se instaló en Miramar. El cambio de la ciudad a un pueblo costero le resultó extraño al principio, aunque también le permitió descubrir un mundo nuevo, incluidos los animales que hasta entonces solo conocía de oídas
Durante su infancia imaginó distintos futuros: quiso ser princesa, bailarina y cantante. Más adelante pensó en convertirse en locutora o periodista, atraída por la posibilidad de estar cerca de los acontecimientos y hacer preguntas
La adolescencia estuvo marcada por la baja autoestima y la búsqueda de pertenencia. Pasó por una comunidad evangélica, comenzó la carrera de maestra especial y luego la abandonó. Finalmente se formó como psicopedagoga, después de un recorrido que ella misma define como extenso
El vínculo que nació de una conversación diaria
El francés apareció inicialmente como una forma de sostener una meta personal. Una amiga le recomendó Tandem, una aplicación que permite conectar a personas que hablan distintos idiomas. Allí, bajo el nombre de Mar, conoció a un joven belga
Las conversaciones comenzaron con unos treinta minutos diarios, durante el trayecto de Marcela hacia el hospital donde trabajaba. Con el tiempo, el intercambio dejó de ser solamente lingüístico y se convirtió en una relación afectiva
El primer viaje de él a la Argentina hizo visible el vínculo ante la familia. Hubo reacciones diversas: desde la sorpresa hasta una investigación detallada sobre sus antecedentes. El encuentro incluyó una función de Romeo y Julieta en el Teatro Colón, una experiencia que Marcela recuerda asociada a la tranquilidad de los ojos de su pareja
En diciembre de 2018 viajó a Bélgica y conoció a la familia durante las celebraciones navideñas. La decisión de instalarse juntos llegó en 2021, después de resolver un divorcio pendiente. El traslado también implicó separarse temporalmente de su hijo adolescente, que prefirió permanecer en la Argentina junto a sus amistades y el resto de su familia
Los obstáculos de empezar de nuevo
La adaptación comenzó por el idioma. Incluso una compra cotidiana, como pedir pan, le exigió incorporar formas de expresión diferentes a las que utilizaba en la Argentina
Después llegaron las dificultades administrativas. Durante un período no tuvo residencia definitiva ni autorización para trabajar, y desconocía que había organizaciones dispuestas a ofrecerle clases de francés y acompañamiento aun sin contar con todos los papeles regularizados
La sensación de no tener el mismo reconocimiento que una ciudadana belga afectó su autoestima. Con el tiempo encontró talleres de idioma, orientación laboral y espacios de seguimiento destinados a acompañar a personas migrantes
También debió rendir cuatro veces el examen teórico para obtener el registro de conducir belga, un requisito importante para su actividad actual
Una vocación encontrada en Namur
Marcela volvió a formarse en Bélgica y consiguió trabajo como educatriz en un centro diurno para personas adultas con discapacidad. Allí coordina un taller de cocina los martes
“Me siento bien y tiene sentido”, resume al hablar de una tarea que le permitió recuperar un propósito después de los años atravesados por trámites, incertidumbre y adaptación
Su vida en Namur transcurre entre recorridos en bicicleta, caminatas, salidas en kayak y lecturas compartidas con su pareja en dos idiomas. Cada año, además, eligen una figura histórica para investigar juntos durante varios meses, desde Miguel Ángel hasta Leonardo da Vinci
Aunque extraña la espontaneidad de visitar a una amiga argentina sin aviso, conserva el vínculo con sus costumbres a través del mate y de los recuerdos familiares. Habla de su madre como una mujer valiente y destaca el afecto que recibió de su padre
El próximo proyecto es recorrer la Argentina durante tres meses junto a su pareja. Mientras continúa estudiando, viajando y trabajando, Marcela siente que finalmente está construyendo una vida propia al otro lado del océano