A los 25 años, Andrea Russo se casó. Cinco años más tarde, el deseo de maternar se volvió una certeza. Lo que siguió fue un recorrido largo, atravesado por diagnósticos difíciles, tratamientos de fertilidad y cinco pérdidas de embarazo

El primer intento positivo llegó con una estimulación de baja complejidad, pero terminó en un embarazo ectópico y una laparoscopía urgente. Ese episodio marcó el inicio de una búsqueda que se extendió durante 17 años

Un camino de tratamientos y resiliencia

En ese tiempo, Andrea pasó por más de 10 procedimientos de baja y alta complejidad. Entre intentos, sostuvo su rutina como pudo, mientras alternaba entre consultas, estudios y la incertidumbre de cada resultado

Más adelante llegó a la consulta de la doctora Ester Szlit Feldman, con quien profundizó los estudios y encontró también contención humana. En paralelo, atravesó una separación y decidió frenar. Ese tiempo, contó, le sirvió para reconstruirse y pensar la maternidad desde otro lugar

Con una nueva claridad, eligió ser madre soltera. Su plan era insistir con el deseo de tener un hijo, pero también estaba preparada para cambiar de vida si ese camino no prosperaba

La ovodonación como respuesta posible

En ese contexto, apareció la posibilidad de la ovodonación. Andrea entendió que podía gestar a su hija aunque el camino no fuera genético, y decidió avanzar sin dudas

El 17 de febrero de 2013 le transfirieron dos embriones. Diez días después fue sola al laboratorio, abrió el resultado en el auto y encontró la palabra que esperaba desde hacía casi dos décadas: positivo

Cuando llamó a su médica para leerle el valor de la beta, recibió una respuesta tan simple como inolvidable: estaba embarazada. Fue el comienzo de una de las etapas más felices de su vida

Un embarazo en plena armonía

Andrea contó que cursó un embarazo sano, tranquilo y en equilibrio con su cuerpo. Hizo actividad física hasta una semana antes del parto y cada control confirmó que el embarazo avanzaba sin complicaciones

Simona nació el domingo 20 de octubre de 2023, Día de la Madre, algunas semanas antes de la fecha prevista. Andrea recuerda ese momento como el regalo más grande de su vida

La niña crece hoy como una niña alegre, afectuosa e inteligente. Su madre asegura que criarla sola no le resulta difícil y que ambas construyen una vida cotidiana plena

Un gesto que amplió la historia

Con embriones criopreservados, Andrea tomó después otra decisión: donarlos. Uno fue para Silvina, una mujer de su entorno laboral, y el otro para Mariela, a través de un contacto en común

Su deseo fue que los tres niños conocieran siempre su origen y supieran de la existencia de los otros, como hermanos genéticos unidos por una misma búsqueda de amor

Andrea resume su aprendizaje en una idea sencilla: la maternidad puede llegar de muchas formas, pero lo importante es no perderse a uno mismo en el camino y sostener la esperanza hasta el final