Después de ver Teenage Sex and Death at Camp Miasma, lo que queda no es solo el recuerdo de una película de terror, sino el eco de una balada pop que vuelve una y otra vez. Esa asociación inesperada resume bien una obra que juega con el género, pero también con la memoria, el deseo y la incomodidad
Un reboot atravesado por la herida
Jane Schoenbrun plantea una historia sobre Kris, una directora joven y ascendente que recibe el encargo de relanzar una franquicia de terror nacida en los años 80. En ese proceso busca sumar a Billy Presley, la final girl original, que ahora vive aislada y lejos de la industria
Hannah Einbinder interpreta a Kris como una figura que funciona claramente como reflejo del propio universo de Schoenbrun: una creadora queer, salida del circuito de festivales, enfrentada a una saga conocida por su violencia simbólica. Gillian Anderson encarna a Billy con una presencia teatral y retirada, casi convertida en leyenda
Terror, deseo y exceso
El asesino de la película, Little Death, está interpretado por Jack Haven y vuelve desde el lago para atacar a los campistas. Pero aquí el horror no busca el susto seco ni la sangre realista: las muertes son exageradas, casi caricaturescas, y la película se mueve como un sueño febril lleno de referencias cinéfilas y culturales
La mirada de Schoenbrun también deja espacio para personajes secundarios como los interpretados por Sarah Sherman, Patrick Fischler, Dylan Baker, Eva Victor y Zach Cherry, que refuerzan el tono de fábula torcida. En conjunto, la película termina siendo menos un slasher clásico que una exploración de la excitación, la identidad y la transformación
Un gesto de autor
Lejos de limitarse al pastiche, la película se afirma como una propuesta personal y desafiante, sostenida por una sensibilidad que mezcla humor, horror y melancolía. Su duración es de 106 minutos y tiene calificación R por violencia sangrienta, gore, contenido sexual, desnudez gráfica, consumo de drogas y lenguaje inapropiado
Teenage Sex and Death at Camp Miasma llega en estreno limitado y deja una impresión clara: Schoenbrun sigue usando el cine de género para reescribir sus propios fantasmas