Cada nueva tanda de insultos de Javier Milei reabre una pregunta que sigue sin resolverse: si su ira es parte del personaje o una herramienta política. Lo cierto es que el Presidente convirtió ese modo de intervenir en una marca de poder, con un estilo que busca imponerse por choque y que también deja una señal sobre a quiénes considera dentro o fuera de su proyecto
El costo del desborde
La repetición de agravios ya no altera la realidad económica ni social del país, pero sí dibuja con mayor nitidez el de un mandatario que asocia la discrepancia con el desprecio. En ese clima, el Gobierno insiste en que no alterará el rumbo fiscal, aunque al mismo tiempo convive con un escenario de actividad debilitada, salarios bajos y caída del empleo registrado
También empieza a notarse un gesto de crueldad en algunas intervenciones públicas: la celebración de las pérdidas ajenas como si fueran una confirmación política. Mientras algunas ramas industriales se contraen, todavía no aparecen con fuerza nuevas fuentes de trabajo en las zonas más pobladas del país
Donde sí hay resultados
El contraste aparece en otro plano. Más allá del ruido, la administración libertaria consiguió avances gracias a acuerdos con sectores que antes despreciaba. En el Congreso, las negociaciones habilitadas por el propio Presidente permitieron destrabar nombramientos judiciales y sostener apoyos clave en un año electoral
El Senado aprobó por unanimidad casi setenta designaciones de jueces federales. Además, el oficialismo reunió los votos necesarios para avanzar con dos camaristas sobre los que deposita expectativas en causas sensibles para el entorno presidencial
El Estado vuelve por la ventana
La contradicción más visible llegó con el anuncio de fondos jubilatorios destinados a empujar créditos hipotecarios. La medida implica, en los hechos, una intervención estatal que choca con el discurso de rechazo absoluto al uso de instrumentos públicos para dinamizar la economía
Lejos de ser una excepción, podría tratarse del inicio de una serie de decisiones similares. La falta de mercado de capitales y la necesidad de aliviar ingresos muy deprimidos obligan al Gobierno a usar mecanismos que desmienten, al menos en parte, la pureza ideológica que Milei dice defender
Así, el Presidente que insulta y el Presidente que negocia terminan conviviendo en la misma escena. Y, por ahora, es ese segundo Milei el que consigue resultados concretos