Con el paso de los años, la relación entre lo que se come y cómo se duerme se vuelve más estrecha. Después de los 50, una cena pesada, ciertos estimulantes y horarios desordenados pueden favorecer la acidez, el reflujo y un descanso más fragmentado

Los principales disruptores nocturnos

Los especialistas recomiendan evitar, sobre todo cerca de la hora de dormir, los alimentos muy picantes y los que concentran grasas saturadas. Estas preparaciones exigen más trabajo digestivo justo cuando el organismo debería entrar en reposo

También aconsejan terminar de comer entre dos y tres horas antes de acostarse para reducir el riesgo de indigestión. A eso se suma la cafeína, que puede actuar como un estímulo potente si se consume por la noche

Menos refinados, más alimentos integrales

Otra medida útil es recortar harinas refinadas, pan blanco, pastas procesadas y exceso de azúcar. Estos productos pueden provocar subas de glucosa que alteran el equilibrio hormonal y complican la conciliación del sueño

En cambio, algunos alimentos aparecen como aliados: las almendras aportan magnesio y calcio; las cerezas ácidas concentran melatonina, triptófano, potasio y serotonina; y el pescado azul suma vitamina D y omega-3, nutrientes vinculados con la regulación de la serotonina y el ciclo sueño-vigilia

Hábitos que también pesan

La regularidad en las comidas y una buena hidratación también cuentan. Saltarse ingestas durante el día puede favorecer el hambre nocturna y terminar en cenas tardías que alteran el descanso

Entre las opciones que suelen asociarse con una mejor noche de sueño figuran la manzanilla, por la apigenina, y la leche tibia, más allá de su valor nutricional, como parte de un ritual relajante. También se mencionan kiwis, nueces y hierba de cebada, aunque la clave sigue siendo el equilibrio general de la dieta y evitar los factores que más interfieren con el sueño profundo