El 5 de agosto de 1938, Viernes Scardulla llegó a la División Defraudaciones y Estafas de la Policía de Buenos Aires con una denuncia extraordinaria: aseguraba que le habían robado 100 kilos de oro y 33 kilos de piedras preciosas pertenecientes al virrey Rafael de Sobremonte

Según su relato, tres años antes había encontrado tres cofres bajo el lecho del arroyo Las Garzas, cerca de Pergamino. Los había sacado junto con su cuñado, pero no pudo abrirlos por temor a una maldición vinculada con Pancho Sierra, el célebre curandero de la zona de Rojas

Scardulla afirmó que había enterrado los cofres bajo la cama de su suegra y que luego viajó a Buenos Aires para informar del hallazgo. Allí, un funcionario llamado Monti supuestamente abrió las cajas, encontró lingotes, monedas y piedras, y le prometió 380.000 pesos

Como adelanto, el denunciante recibió 22.000 pesos y una libreta del Banco de Galicia. La firma presidencial que debía cerrar el acuerdo nunca llegó. Monti desapareció con los cofres

El cómplice que reforzó la mentira

La policía localizó al supuesto funcionario gracias a la descripción entregada por Scardulla. Pero Monti no existía: era Luis Valdivieso, un estafador chileno con antecedentes

Dos días después de su detención, Valdivieso se arrojó desde el segundo piso del Departamento Central de Policía y murió horas más tarde. El suicidio, en lugar de despertar desconfianza, hizo que muchas personas consideraran verdadera la historia del tesoro

El caso provocó excavaciones, discusiones públicas y una ola de especulaciones. Scardulla fue visto como un hombre humilde al que la ciudad le había arrebatado una fortuna

La leyenda tenía raíces antiguas. Desde hacía más de un siglo circulaba la idea de que Sobremonte había huido durante las invasiones inglesas con los caudales reales. Esa tradición se alimentó de relatos históricos y coplas populares

El recorrido real de los caudales

En la noche del 25 de junio de 1806, dos días antes de la caída de Buenos Aires, Sobremonte ordenó sacar el tesoro de la ciudad. Cuando el jefe inglés Beresford exigió la devolución de los caudales, el virrey aceptó solo parcialmente

Algunas carretas regresaron, pero otra parte quedó bajo responsabilidad del alcalde de Luján, Manuel de la Piedra, con la orden de permanecer escondida. Los ingleses enviaron 30 soldados para encontrarla

De la Piedra fue advertido a tiempo. Sus hombres abandonaron el camino real y enterraron barras y cajones en la zona de la Cañada de los Leones, cerca del nacimiento del río Luján, en el partido de Suipacha

Los soldados ingleses encontraron las huellas de las ruedas después de dos días de búsqueda. Recuperaron 75 barras de plata y 36 cajones, pero dejaron sin desenterrar 29 barras y seis cajones

Otra columna avanzó hacia Córdoba con ocho carretas y una pequeña escolta al mando del alférez Fulgencio Azpiazu. Durante la persecución, Azpiazu enterró 13 barras en la estancia de Gerónimo Pueblas, en la Cañada de Giles

Cuando regresó, alguien ya había encontrado 11 barras. Las dos restantes siguieron otro recorrido y llegaron al puerto de Zárate a través del Paraná. Otras dos carretas fueron capturadas por los ingleses

La mayor parte del tesoro cruzó el océano: más de un millón de pesos en plata fueron embarcados rumbo a Londres. Por eso, los investigadores que descartaron la versión de Scardulla tenían razón sobre Pergamino, aunque desconocían que un remanente real permanecía enterrado entre Suipacha y la Cañada de Giles

La estafa queda al descubierto

Cuando la versión del tesoro de Sobremonte comenzó a ser cuestionada, Scardulla aseguró que las riquezas podían pertenecer a Pancho Sierra. La explicación tampoco resistió

Pedro Bonfanto, un herrero de Venado Tuerto, declaró que Scardulla le había encargado fabricar cofres de aspecto antiguo, llenarlos con hierros viejos y soldarlos para que no pudieran abrirse

La confesión llegó poco después. Scardulla admitió que había inventado el hallazgo por un grave problema económico familiar. Con la historia había obtenido dinero de al menos cuatro personas, incluida su suegra, a quien le sacó 16.000 pesos. El total superaba los 100.000 pesos de la época

También se sospechó que la denuncia contra Valdivieso fue una forma de apartarlo. El chileno lo perseguía por una deuda y el escándalo podía servirle a Scardulla para protegerse de sus acreedores

El hombre fue condenado por falsa denuncia y falso testimonio

Una nueva vida como curandero

Después del escándalo, Scardulla se instaló en San Luis con el nombre falso de Juan Herrera. Aunque no sabía leer ni escribir, abrió un consultorio y comenzó a ejercer como curandero

Atendía gratis los viernes por la tarde para construir una reputación. En una ocasión hizo que un médico examinara a su esposa, que fingía estar enferma. Luego acompañó al profesional hasta la puerta y simuló que ambos habían mantenido una consulta

En otra oportunidad se alojó en la casa de un hacendado enfermo y enterró cuchillos y tijeras en el campo sin que la familia lo advirtiera. Semanas más tarde regresó con una varilla que supuestamente detectaba brujerías y recuperó los objetos que él mismo había escondido

Murió en San Luis en 1977, a los 74 años. Durante su vida, cuando se emborrachaba, solía lamentar no haber hecho más atractivo el relato del tesoro

La leyenda que todavía impulsa excavaciones

En la cuenca de los ríos Areco y Arrecifes todavía persiste el recuerdo de familias que buscaron las riquezas del virrey con mapas improvisados y documentos antiguos

Nunca se probó que las barras faltantes hayan llegado hasta Pergamino. Pero en algún punto de la llanura bonaerense, durante la invasión inglesa de 1806, soldados enterraron parte de un tesoro verdadero y se marcharon sin recuperarlo por completo

La historia de Scardulla fue una farsa. La existencia de riquezas coloniales olvidadas bajo la tierra, en cambio, tiene un fundamento documental. Esa combinación explica por qué la leyenda continúa despertando, más de dos siglos después, el deseo de creer