No tengo una relación amable con mis pies. Me resultan incómodos, exigentes y demasiado presentes. Si se enfrían, lo siento yo; si duelen, también; si se cansan, me arrastran con ellos. Son anchos, de dedos cortos, planos, y parecen imponer sus condiciones en cada paso

Durante años intenté llevarlos al terreno de la elegancia: medias, botas, diseños más altos o más ajustados. Nada funcionó. Mis pies siempre parecieron estar en desacuerdo conmigo

El hábito que nació del encierro

El cambio empezó en la pandemia. Salía poco, iba solo a lugares cercanos y, por precaución, dejé de atarme las zapatillas. Era más práctico, más rápido y, en ese momento, más razonable. Ir y volver así se volvió costumbre

Lo que empezó como una solución momentánea terminó quedándose. Con el tiempo, caminar con los cordones sueltos dejó de ser una rareza y pasó a ser un pequeño placer: una manera de moverme sin tanta rigidez, de entrar y salir de casa con menos esfuerzo

Una forma mínima de desacato

Hoy lo hago en casi todo: para ir a pilates, a yoga, a tomar un café con amigas o incluso cuando salgo a trabajar a las 5.40 de la mañana y regreso en colectivo a las 15. Tengo 43 años y sigo caminando así, como si esa pequeña desprolijidad me perteneciera por completo

A veces pienso que son mis pies los que mandan. Otras, que es una decisión mía: una forma mínima de resistencia en medio de una vida ordenada por obligaciones, horarios y gestos correctos

Hago todo lo que se supone que hay que hacer. Trabajo, estudio, pago cuentas, llamo cuando corresponde, pido perdón, tiendo la cama, lavo los platos. Pero también sé que hacer todo bien no garantiza nada

Por eso, quizá, elijo esto. Mis cordones sueltos. Al menos en eso, todavía decido yo