En 1984, Nicaragua aparecía ante muchos como un territorio de promesa. Era el escenario de una revolución que decía encarnar la justicia, la esperanza y la superación de viejas formas de violencia política
La épica sandinista mezclaba armas, poesía y mística. Había jóvenes guerrilleros, mujeres admiradas por su coraje, referencias a Sandino y una narrativa que rechazaba la pena de muerte y se presentaba como una alternativa moral al pasado somocista
La euforia de los primeros años
Quien llegaba entonces encontraba una capital tomada por la celebración. En las calles se respiraba entusiasmo, los símbolos del sandinismo estaban por todas partes y la sensación dominante era que un orden nuevo podía corregir las injusticias históricas
Entre las figuras más admiradas estaban Dora Tellez y Mónica Baltodano, vistas como combatientes valientes, lúcidas y carismáticas. Su presencia reforzaba la idea de una revolución con protagonismo femenino y con vocación transformadora
Cuando la realidad empezó a romper el relato
Con el tiempo, sin embargo, comenzaron a aparecer las contradicciones. Los privilegios de la dirigencia chocaban con el discurso igualitario, la economía se deterioraba y en los mercados empezó a sentirse la escasez de productos básicos
Al mismo tiempo, algunos cuadros sandinistas se alejaron del proyecto y promovieron una oposición armada conocida como la contra. Desde el poder, el lenguaje seguía siendo humanista y democrático, pero la práctica mostraba rasgos cada vez más cerrados y autoritarios
También se consolidó una cultura de negocios y beneficios personales en torno a la revolución. Las viviendas lujosas ocupadas por dirigentes, antes asociadas a la elite somocista, pasaron a simbolizar una nueva casta de favorecidos por el poder
La piñata y la caída de la máscara
La derrota electoral de 1990 no fue lo decisivo. Para esta mirada, lo más grave fue el saqueo posterior de bienes y privilegios por parte de los principales dirigentes, episodio recordado como la piñata. Allí, Daniel Ortega y su entorno habrían abandonado definitivamente cualquier vestigio de ideal emancipador
El texto sostiene que el actual régimen no representa una ruptura con Somoza, sino una continuidad deformada por la ambición, el culto al poder y la apropiación del Estado. La diferencia, dice, es que Ortega capitalizó esperanzas que luego traicionó
Varios antiguos sandinistas hoy están presos, en el exilio o muertos. Entre las víctimas también aparecen Tellez y Baltodano, expulsadas de su país y privadas de la nacionalidad. La revolución, concluye esta visión, terminó devorando a algunas de sus figuras más valiosas
Una lección amarga
El cierre deja una confesión: haber creído que Nicaragua era el lugar donde se estaba fundando el futuro, mientras se subestimaba la democracia recuperada en la Argentina. Años después, aquella certeza juvenil quedó convertida en desengaño
La conclusión es dura: las revoluciones que se proclaman absolutas pueden terminar destruyendo sus propias promesas. Y, en ese recorrido, convertir a sus supuestos liberadores en administradores del miedo y del saqueo
El remate aparece en el recuerdo de un amigo uruguayo, también desencantado, que decidió volver a su país para enarbolar otra bandera roja: la del Partido Colorado