La inteligencia suele imaginarse como una facultad puramente racional, separada de lo emocional. Pero esa división, advierte Manuel Martín-Loeches, es demasiado simple para describir cómo funciona la mente humana

El catedrático de Psicobiología y responsable de Neurociencia Cognitiva en el Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos plantea que pensar, sentir y decidir forman parte de un mismo sistema, influido por la experiencia, el entorno y la maduración cerebral

Qué es ser inteligente

Para Martín-Loeches, la inteligencia se entiende hoy como la capacidad de aprender, juzgar y resolver problemas de forma general. También resume esa idea con una definición más directa: es lo que se usa cuando no se sabe qué hacer

En esa línea, considera que la inteligencia aparece con más claridad ante situaciones nuevas, donde no alcanza con repetir lo aprendido y hacen falta respuestas originales

Un factor común, no varias inteligencias separadas

El neurocientífico cuestiona la idea de que existan inteligencias completamente independientes. Sostiene que las capacidades cognitivas se relacionan entre sí y que, en general, quien destaca en un área suele rendir bien en otras

Por eso prefiere hablar de aptitudes o capacidades, antes que de inteligencias múltiples. Desde su mirada, la inteligencia funciona como un factor general que integra distintos desempeños

Maduración, tiempo y límites

Martín-Loeches también vincula inteligencia y maduración. Explica que el cerebro humano tarda en completar su desarrollo, algo que puede extenderse hasta entre los 21 y los 25 años

Ese proceso prolongado permite incorporar aprendizajes complejos, sobre todo en el plano social y emocional. Pero aclara que madurar más tarde no garantiza mejores resultados: existen etapas críticas en las que ciertas habilidades deben adquirirse, o las limitaciones pueden quedar arrastradas durante toda la vida

La vida digital y el entorno temprano

Sobre el impacto de la vida digital, señala que forma parte de las experiencias que moldean el cerebro. Su efecto dependerá de la calidad de los estímulos y de si desplaza o no el contacto directo con el mundo físico

También remarca que el entorno de los primeros años es decisivo. Durante los primeros tres o cuatro años se organizan áreas cerebrales básicas ligadas a la percepción y al movimiento, que luego sostienen funciones más complejas. La estimulación sensorial, el movimiento y una buena alimentación son, en ese sentido, fundamentales

Inteligencia y emociones

Para el investigador, la relación entre inteligencia y emociones es estrecha. Las redes cerebrales implicadas están conectadas y se influyen mutuamente

En términos generales, dice, las personas más inteligentes suelen conocer y regular mejor sus emociones, aunque hay excepciones. Destaca además la granularidad emocional, es decir, la capacidad de distinguir y nombrar con precisión lo que se siente

Su conclusión es clara: la inteligencia no reemplaza a las emociones, sino que opera al servicio de ellas. Comprender la realidad, reconocer los propios límites y regular mejor la vida interna serían, para Martín-Loeches, herramientas centrales para el bienestar individual y colectivo