Samuel Haigh llegó al Río de la Plata en 1817 por motivos comerciales. Durante los diez años que permaneció en Sudamérica recorrió Buenos Aires, Chile y Perú, presenció la batalla de Maipú y trató a José de San Martín y Manuel Belgrano
Su relato de viajes apareció primero en Londres, en 1829, bajo el título Viaje a Perú. Dos años después publicó una edición ampliada, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú. La obra fue traducida al español por Carlos A. Aldao
Mate, poncho y bota de potro
Haigh describió el mate como la primera bebida del día. Se preparaba en una pequeña calabaza con agua hirviendo y tenía, según su impresión, un amargor agradable. El viajero había pasado la noche en un rancho con numerosos agujeros por los que entraba la luz
También observó la vestimenta gaucha: un poncho de lana, tejido por mujeres, que protegía del viento y la lluvia sin limitar el movimiento de los brazos; una chaqueta de paño, bayeta o pana; calzones abiertos a la altura de las rodillas y botas de potro
Jinetes, boleadoras y cuchillos
El viajero quedó impresionado por la destreza ecuestre de los gauchos. En una de las escenas que presenció, un jinete persiguió a un avestruz hasta atraparlo con boleadoras
En otra ocasión vio un enfrentamiento entre dos gauchos. Uno hirió a su rival en el cuello con un cuchillo, aunque la lesión no resultó grave en ese momento
Una parada breve en Luján
Haigh llegó a Luján en un carruaje de grandes ruedas y sopandas de cuero. Describió el campo como una llanura extensa, cubierta de pastos altos y pantanos, sin viviendas, árboles ni arbustos visibles
El pueblo tenía unos ochocientos habitantes. La iglesia y la cárcel eran sus edificios más grandes, y el viajero lo recorrió en aproximadamente quince minutos, mientras esperaba el recambio de caballos
El alcalde recibió a Haigh y a sus acompañantes con un almuerzo que incluyó chupe de gallina, mazamorra, huevos, café, chocolate, vino y pan blanco. Como segundo plato sirvieron tiras de carne asadas en palos clavados junto al fuego
En la casa del alcalde también se vendían productos regionales, lencería y trampas para ratones. Haigh recordó además haber visto a algunos niños gauchos remontando barriletes