WASHINGTON. El alcohol puede parecer un compañero social inofensivo, pero su impacto en el cerebro es real y acumulativo. Con el tiempo, el consumo puede reducir el volumen de materia gris, alterar el sueño, empeorar la ansiedad y la depresión y elevar riesgos de salud que incluyen demencia y ciertos cánceres
La buena noticia es que el cerebro no queda fijado en ese daño. Distintos estudios muestran que, cuando el consumo baja o se interrumpe, una parte de las funciones alteradas puede recuperarse gracias a la plasticidad cerebral
Un efecto que empieza antes de lo que parece
Las primeras bebidas pueden generar una sensación de euforia y desinhibición. El alcohol libera endorfinas y activa los circuitos de recompensa, mientras atenúa sistemas que frenan la actividad. Ese alivio inicial, sin embargo, se revierte cuando el efecto desaparece y reaparecen con fuerza los sistemas de estrés
Con el uso repetido, el cerebro se adapta a la presencia constante de alcohol. Entonces hacen falta cantidades mayores para obtener el mismo efecto y, al mismo tiempo, se refuerza un estado emocional negativo que empuja a beber no tanto para sentirse bien como para dejar de sentirse mal
El daño se acumula
En los casos de trastorno por consumo de alcohol, las investigaciones detectan menor volumen de materia gris en regiones frontales vinculadas con la percepción, la emoción y el control ejecutivo. En situaciones graves, el consumo prolongado puede derivar en demencia relacionada con el alcohol y en dificultades para formar recuerdos nuevos
Incluso consumos relativamente bajos muestran asociación con cambios cerebrales medibles. Un estudio con más de 25.000 personas halló menor volumen total de materia gris en quienes bebían siete o más tragos por semana. Otra revisión de neuroimágenes encontró vínculos entre consumo bajo o moderado y menor volumen cerebral y grosor cortical
Qué pasa al reducir o abandonar
La evidencia reciente indica que la recuperación puede empezar pronto. En personas con trastorno por consumo de alcohol que dejan de beber, se observan mejoras cognitivas en atención, memoria y función ejecutiva, por lo general entre los seis y doce meses
Los cambios estructurales también aparecen en las zonas frontales del cerebro, con aumentos en la materia gris. En varios estudios, las mejoras más marcadas se concentraron dentro del primer mes de abstinencia. Incluso bajar el consumo a niveles bajos, sin dejarlo por completo, puede elevar el volumen cortical
No está claro cuánto de esa recuperación puede ser total, pero el cerebro también parece compensar con nuevas estrategias funcionales. Las mismas áreas afectadas por el alcohol son las que muestran señales de recuperación
Cómo revisar el propio consumo
Dejar de beber no es una obligación universal. Hay personas que siguen eligiendo consumir por placer, por socialización o como parte de una comida. El punto clave es evaluar si el alcohol interfiere con el trabajo, el estudio, las relaciones o la salud
También conviene preguntarse si el consumo encaja con los valores personales o si, por el contrario, se volvió un obstáculo para la vida que se quiere llevar. Si existe duda sobre el nivel de ingesta, eso puede ser una señal de alarma y una razón válida para consultar a un profesional
Existen terapias psicológicas, medicamentos y desafíos de reducción o abstinencia que ayudan a bajar el consumo. Muchas personas que prueban períodos sin alcohol reportan mejor sueño, más energía, pérdida de peso, ahorro de dinero y mayor concentración
El mensaje central es claro: el alcohol cambia el cerebro, pero el cerebro también puede cambiar para recuperarse