El ser humano evolucionó para moverse cuando hacerlo era necesario para sobrevivir. Cazar, recolectar y explorar exigían actividad física constante. El ejercicio planificado, en cambio, es una práctica mucho más reciente

La tecnología redujo buena parte de esas exigencias cotidianas, pero no eliminó la necesidad de mantenernos activos. La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no alcanza los niveles mínimos recomendados de actividad física

La diferencia entre quienes disfrutan del ejercicio y quienes lo evitan tampoco se explica solo por la fuerza de voluntad

El cerebro tiende a ahorrar energía

Los estudios realizados con gemelos sugieren que cerca del 60 % de la capacidad de autocontrol puede estar condicionada genéticamente. Además, ciertas predisposiciones biológicas influyen en la forma en que cada persona percibe el esfuerzo, el placer y la incomodidad

El modelo de los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky ayuda a comprender esta tensión. El llamado sistema 1 actúa de manera rápida e intuitiva, mientras que el sistema 2 interviene en decisiones más lentas y deliberadas, como sostener una rutina de entrenamiento

Aunque decidamos conscientemente hacer ejercicio, los mecanismos automáticos siguen influyendo. Desde una perspectiva evolutiva, el cerebro aprendió a conservar energía en contextos de escasez. Por eso, cuando no existe una recompensa clara, suele favorecer la opción que requiere menos esfuerzo

La motivación también tiene una base biológica

La dopamina participa en los circuitos relacionados con el placer y la tolerancia al esfuerzo. Las diferencias en el funcionamiento de este sistema, e incluso la composición de la microbiota intestinal, pueden modificar la disposición individual a realizar actividad física

También podrían influir las condiciones durante el embarazo. Algunas investigaciones señalan que la actividad física de la madre puede relacionarse con los niveles de movimiento de sus hijos durante la adultez

Sin embargo, la biología no determina por completo la conducta. Las experiencias previas, la confianza en las propias capacidades y la relación emocional con el cuerpo pueden cambiar la manera en que una persona vive el ejercicio

El entorno puede facilitar o dificultar el movimiento

Dos personas con una predisposición genética similar pueden desarrollar hábitos muy distintos si atraviesan experiencias diferentes. Una mala vivencia deportiva o la inseguridad corporal, por ejemplo, puede reducir la motivación y reforzar el rechazo al ejercicio

El contexto urbano también pesa. Un estudio realizado con más de 4.000 menores en España encontró menos juego al aire libre y menor participación deportiva entre quienes vivían en barrios con menor nivel socioeconómico y peor accesibilidad peatonal

Por eso, la inactividad no debería abordarse únicamente como un problema individual. El acceso a espacios seguros, la educación física, el diseño de las ciudades y las políticas de promoción de la salud pueden compensar parte de las desventajas biológicas y sociales

Convertir el esfuerzo en una recompensa

Algunas iniciativas buscan hacer más atractiva la actividad física. En Cluj-Napoca, Rumania, un programa permitió obtener un billete de autobús después de completar 20 sentadillas. La propuesta entregó más de 200.000 billetes y convirtió un esfuerzo breve en una experiencia asociada con una recompensa inmediata

Comprender estos factores no implica asumir una postura fatalista. Significa reconocer que el esfuerzo no cuesta lo mismo para todas las personas y que la motivación puede construirse colectivamente

Más que repetir la consigna de actuar por pura voluntad, el desafío consiste en crear entornos que hagan del movimiento una opción accesible, posible y atractiva