Decir “perdón” por hábito puede parecer un gesto amable, pero en exceso termina enviando otro mensaje: inseguridad, falta de firmeza o necesidad de aprobación. En el trabajo, esa costumbre puede restar peso a la voz propia, generar una imagen poco segura y erosionar la autoestima
La psicología explica que este reflejo suele aprenderse temprano. Muchas personas asocian la cortesía con agradar, evitar molestias o desactivar tensiones antes de que crezcan. El problema aparece cuando esa reacción se activa incluso en situaciones donde no hay nada que reparar
Cuando la disculpa no corresponde
Pedir perdón por asistir a una reunión ya acordada, por hacer una consulta válida o por intervenir en un intercambio normal puede transmitir dudas sobre el propio derecho a ocupar ese espacio. También ocurre frente a incidentes ajenos, cuando alguien asume culpas que no le corresponden solo para ayudar o aliviar el momento
Ese uso repetido de las disculpas puede volverlas mecánicas y poco creíbles. Además, desplaza el foco de lo importante: en lugar de atender el contenido de lo que se dice, el interlocutor queda atento a la inseguridad que transmite la forma
En el ámbito laboral, el efecto puede ser todavía más visible. Una persona que se disculpa de manera constante puede parecer menos segura, más pendiente de la aprobación externa y menos convencida de sus propios criterios
El costo de ceder siempre
La repetición también puede reforzar una dinámica de sometimiento. Si una sola parte se disculpa con frecuencia, se instala un desequilibrio que deteriora el vínculo y debilita la percepción que esa persona tiene de sí misma
En el caso de las mujeres, esta tensión suele ser más marcada: si hablan con demasiada prudencia, pueden ser leídas como poco firmes; si lo hacen con claridad, pueden ser juzgadas como duras. Esa doble vara empuja a muchas profesionales a moderar su voz para evitar críticas, aun cuando tengan razón
Wilding sostiene que, en algunos casos, decir “lo siento” también funciona como una búsqueda indirecta de validación. La persona espera una respuesta tranquilizadora del otro lado, lo que confirma que la disculpa no responde a una culpa real, sino a una necesidad de seguridad
Cómo romper el reflejo
La autora propone tres pasos para salir del automatismo. El primero es revisar de dónde viene el hábito: qué se aprendió en la infancia sobre el desacuerdo, la autoridad, la expresión de opiniones y la defensa de los propios intereses
El segundo consiste en identificar qué situaciones disparan la reacción. Puede tratarse de ciertas personas, horarios, estados de ánimo o contextos de alta presión, como plazos imposibles o interlocutores especialmente exigentes
El tercer paso es reemplazar la disculpa innecesaria por una frase más exacta. En vez de sobreactuar culpa, conviene explicar, agradecer o aclarar. La diferencia no es menor: una respuesta precisa protege la dignidad propia y mejora la conversación
Disculparse cuando sí hace falta
Eso no significa eliminar las disculpas. Cuando hubo una ofensa, una buena disculpa debe reconocer el daño, mostrar remordimiento y asumir responsabilidad. También tiene que evitar excusas vacías y, si corresponde, incluir una reparación concreta
En síntesis, pedir perdón por todo puede confundir cortesía con renuncia. Reservar esa palabra para los casos en que realmente corresponde no endurece a nadie: simplemente devuelve a la disculpa su valor y su peso real