El egoísmo puede resultar difícil de reconocer en uno mismo. Muchas personas justifican sus acciones o creen que actuaron sin advertir que estaban priorizando de manera excesiva sus propios intereses por encima de las necesidades ajenas
En El arte de amar, Erich Fromm sostuvo que este comportamiento no refleja un amor propio desbordado. Según su planteo, la persona egoísta se ama poco y experimenta un vacío interno, inseguridad y descontento consigo misma
Una conducta como compensación
Desde esta perspectiva, el egoísmo funciona como un mecanismo para compensar una carencia afectiva. La angustia lleva a la persona a intentar obtener del entorno y de los demás todo lo que considera necesario para aliviar esa sensación de escasez
Por qué el egoísmo también impide quererse
Fromm diferenciaba el amor propio del egoísmo y los consideraba conceptos opuestos. El amor auténtico hacia uno mismo no consiste en anteponer siempre los deseos personales, sino en contar con una seguridad interior que permita reconocer también las necesidades de los demás
El autor asociaba el amor genuino con el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento del otro. Cuando una persona se concentra exclusivamente en proteger o satisfacer su propio yo, pierde la capacidad de conectar de manera verdadera con quienes la rodean
Así aparece la paradoja señalada por Fromm: quien solo piensa en sí mismo permanece insatisfecho. Al no poder entregarse ni amar de forma genuina a los demás, tampoco consigue experimentar un amor propio auténtico