Santiago Raffo conoció a Ricardo Iorio en Caseros, cuando ambos eran chicos y todavía faltaba mucho para que V8, Hermética y Almafuerte lo convirtieran en una figura central del heavy metal argentino. Antes de esa consagración, compartieron esquinas, caminatas, ensayos y la ilusión de vivir de la música

Raffo, que con el tiempo se dedicó por completo a la pintura y el dibujo, reconstruye desde su casa de Saavedra una amistad marcada por el barrio, el fútbol y los primeros acordes. También recuerda cómo, en paralelo a la música, fue encontrando su camino artístico entre historietas, libros y copias de dibujos que lo acercaron a la plástica

Un barrio, la música y el primer grupo

La relación comenzó en la infancia, en Caseros, partido de Tres de Febrero. Según cuenta Raffo, se hicieron amigos cuando una pelea infantil terminó de ordenarlos del mismo lado: los dos eran de Racing. Desde entonces empezaron a caminar, hablar de discos, peinados, guitarras y bandas, con la certeza de que querían hacer música en serio

De ese vínculo nació Alarma Rock, el primer proyecto que compartieron. Raffo tocaba la guitarra líder, Iorio el bajo, Carlos Aragoné se ocupaba de la voz y la guitarra rítmica, y un baterista apodado el Tano completaba la formación. Ensayaban en la casa de Raffo y llegaron a tocar en la Escuela Secundaria Media Nº 8 de Caseros, en un show que quedó registrado en una foto y en la memoria de quienes estuvieron ahí

Raffo recuerda a un Iorio ya decidido, seguro y con mucha presencia, muy distinto de su propia forma de encarar las cosas. Mientras él se sentía más cercano a búsquedas melódicas y progresivas, Ricardo empezó a endurecer su sonido y a orientarse hacia una música cada vez más pesada

Rumbos distintos

Con el tiempo, las diferencias musicales y las circunstancias personales fueron separándolos. La muerte del padre de Raffo en 1978 complicó la situación familiar y le quitó energía para seguir el ritmo del proyecto. Iorio, en cambio, continuó adelante y siguió ligado a nuevas formaciones que iban en la dirección de un rock más duro

Más adelante, Raffo formó Avedul-C y siguió otro camino. Dejó la música profesional y, tras trabajar durante décadas en Entel, terminó dedicándose por completo al dibujo y la pintura. Desde hace años considera que encontró en la constancia de la plástica lo que no había podido sostener en la música

El reencuentro después de décadas

Los caminos de ambos volvieron a cruzarse en diciembre de 2014, cuando Raffo asistió a un recital de Almafuerte en el Microestadio Malvinas Argentinas. Fue un encuentro cargado de nervios, pero también de reconocimiento. Iorio lo vio, se acercó y lo abrazó delante de todos. Después hablaron de sus familias, del barrio y de Racing, como si el tiempo no hubiera pasado

Desde ese momento retomaron el contacto. Raffo le llevó luego un retrato que había pintado y recuerda que, al día siguiente del show en Tigre, recibió un llamado del músico para felicitarlo por la obra. También quedó pendiente un proyecto más íntimo: grabar aquellas canciones compuestas en la adolescencia, una idea que Iorio le había propuesto poco antes de morir

La obra, la memoria y el adiós

Hoy Raffo sigue enfocado en la pintura. En 2024 obtuvo el Primer Premio del Salón Manuel Belgrano, que le otorgó una pensión vitalicia, y prepara una muestra con 23 retratos en el Centro Municipal de Arte de Avellaneda. Su obra más reciente sigue explorando el rostro humano como territorio expresivo y político

De Iorio conserva recuerdos de barrio, de juventud y de una lealtad que resistió décadas. También la certeza de que, antes de convertirse en mito del metal, fue un chico del conurbano que caminaba, soñaba y tocaba canciones con un amigo de la infancia