El ajo, conocido científicamente como Allium sativum, se usa desde hace siglos tanto en la cocina como en prácticas medicinales. Su olor y sabor intensos se explican en parte por la alicina, un compuesto que aparece cuando el ajo fresco se corta, pica o machaca
Además de ese componente, aporta minerales como selenio, potasio, fósforo, magnesio y zinc, junto con vitaminas del grupo B y pequeñas cantidades de proteína y fibra. Aun así, su valor más interesante no está en los micronutrientes, sino en sus compuestos organosulfurados, vinculados con actividad antibacteriana y antifúngica en estudios de laboratorio
Posibles efectos en la salud
Su consumo dentro de una alimentación equilibrada puede acompañar procesos vinculados con la defensa antioxidante y la respuesta del organismo ante infecciones o inflamación. Sin embargo, no sustituye la acción de un medicamento
También hay evidencia sobre posibles beneficios cardiovasculares. Distintos estudios han observado una baja en el colesterol total y en el LDL con el consumo diario de ajo, y la mejor evidencia disponible sobre suplementos se relaciona con la reducción de la presión arterial, especialmente en extractos de ajo madurado
Crudo, cocido o en suplemento
No produce el mismo efecto comer ajo como parte de una comida que tomar extractos o suplementos concentrados. En el alimento, las cantidades de compuestos bioactivos son menores y variables; en cambio, los suplementos pueden aportar dosis mucho más altas, con más riesgo de efectos adversos e interacciones
Si se cocina, conviene incorporarlo al final para preservar mejor sus propiedades. Cuando está crudo, cortado o machacado, la presencia de alicina es mayor
Quiénes deberían tener precaución
El ajo crudo puede irritar la mucosa digestiva en personas sensibles. Por eso se recomienda moderarlo en casos de reflujo, dispepsia, náuseas, halitosis o daño en la mucosa del aparato digestivo
En esos casos, la clave es evitar cantidades abundantes y, si hace falta, preferirlo cocido y en porciones pequeñas